LA CONSECUENCIA DE LA RENUNCIA

El Uno de Plotino es un lago seco, 

Y Spinoza ha abjurado de su Dios.

Ahora, las píldoras son deidades, 

Y la vida una caverna dentro de la caverna. 

Voces dislocadas cruzan las calles, 

Pasos en falso, alguna luciérnaga borracha

Y de fondo esos niños llorando a cada momento

Porque no hay caprichos suficientes 

Para saciar la desilusión de que dos números impares 

No dan como resultado uno par. 

En una biblioteca un gato abre un libro de Séneca, 

Y comprende que la serenidad 

Es una vieja ultrajada y violada por ansiosos comerciantes

Que no sabrían qué hacer con una libra de su carne. 

¡Aquí sólo tiene sentido la muerte en diferida!

Aquí sólo hay difuntos que no sienten más allá del impulso

Por mucho que griten carpe diem 

Como quien deja una nota de suicidio 

En la mesita de noche donde reposa

la flor marchita de su ansiedad.

Sin embargo, ¿para qué sirve servir? 

Quienes caminan por la psicosis cotidiana

Nada quieren saber de una diosa tan incómoda como Atenea, 

Porque, entonces, se enfrentarían

Al reflejo de sus cuencas vacías

Mientras desayunan algo que les sature el hígado

—de hecho, los griego pensaban 

Que en ese órgano se encontraba el amor.

Y, mientras esto ocurre, entre el ruido se agazapa

El paciente asesino que, cuchillo en mano, 

Aguarda tras la cortina de su desidia.  

CARTA A UN ESCRITOR IMAGINARIO

Ante nuestros mártires tiemblan los falsos dioses.

Konstantinos Cavafis

Desde que decidí escribir desde la más profunda de las inutilidades, es decir, sin dejarme llevar por mercados, modas o consciencias de clases muertas, sin esperar aplausos o lectores, debo confesar que siento la palabra libertad en toda su extensión, al menos, en lo que a literario se refiere. He dejado de sentir responsabilidad alguna más que con quienes nos precedieron en la escritura sin importarles si agradaban o si abrían consciencias o despertaban revoluciones o eran originales —pretensiones ególatras— porque, como te he dicho en ocasiones, no tengo moral de esclavo ni alma de cortesano o vocación de mesías. Quizá uno de los mayores males que azotan a las letras en nuestro tiempo sea estar demasiado pendiente de los demás o de quienes deberían comprar nuestras obras. Desde que decidí, como sabes, no pertenecer a clan o secta alguna —en latín grupo cerrado— los vivos escritores de utilidad mercantil me aburren soberanamente, aunque quieran parecer sabios o doctos o transgresores copiando lo que otros, por mucho que aromaticen sus textos con perfume de nobleza, crearon con su esfuerzo. Nunca dejes que tu alma sea tan pobre como para necesitar camarillas o amigotes que alaben tus letras ni caigas en la falsedad o la vulgaridad con la que se usa la palabra compartir por egoístas disfrazados de altruistas. Escribe en la libertad de que nadie dicte tus letras con sus interesadas opiniones, acércate cada vez más a quien eres y no a quien se supone que deberías ser, y ese será el más bello regalo que puedas hacerte.

Camina, mira, piensa y escribe, sin prisa, sin estrés, sin intención de que los prácticos te entiendan, los mismos que dirán en su no entender que siempre es quien escribe el que se equivoca porque son incapaces de ver la paja en ojo propio, y habrás entendido el significado de la frase que encabeza esta carta. Ni siquiera te interesará ver cómo sus egos los devoran como el buitre el hígado del titán del mito o cómo sus pies se hunden en el lodo de su autocomplacencia, porque tu alma solo escribirá y nada útil saldrá de ella. No es necesario que estés pendiente de denunciar lo que sucede a tu alrededor, si observas con calma y lees la existencia con ojos limpios, tus letras crearán analogías o metáforas o imágenes suficientemente potentes como para no ser evidente. Deja que los demás luchen con tu texto como lo has hecho tú, aunque parezca lo contrario a nadie le gusta que le den la comida triturada y a quien le guste, ese no será tu lector ni siquiera será un amigo de fiar, sino un alma infantil, alguien interesado en que le soluciones sus incertidumbres vitales, sin esfuerzo o miedo al conflicto con su interior. Nada tienes que hacer o decir en tormentas ajenas. Crea sin prejuicio y sin avaricia, sí con ambición y serenidad, y encontrarás los caminos que otros han decidido no transitar por temor a que sus textos les revelen verdades incómodas. Es decir, no te conviertas en un moralista y habrás conseguido superar la edad adolescente o infantil de un escritor, te habrás convertido en un adulto incómodo, y eso, a mi juicio, es lo mejor que le puede suceder a un ser humano.

De ese modo, sé lo más incómodo que puedas con quienes esperan algo de ti, y demuéstrales que se equivocaban con sus prejuicios y sus cuchicheos, aléjate de ellos y si sigues en la senda del espíritu y del alma, te elevarás, no como signo de superioridad moral, sino como camino lógico que debe transitar un ser que se autoproclama humano. Como decía Séneca, ya sabes lo mucho que consulto sus enseñanzas, “lo único que te llevarás de este mundo es tu alma, así pues hazla lo más rica que puedas”, ese será un regalo no solo, como te he dicho, para ti sino para quienes se acerquen a tus letras. Por otro lado, deberás permanecer impertérrito ante las habladurías, los falsos consejos o las envidias de quienes verán en ti una amenaza para el status quo o las corrientes de opinión generalizada, en las ciudades sobre todo hay demasiados interesados y apócrifos seres, y huye de festivales, fiestas o ferias donde los más querrán que te unas a ellos —te puedo decir que he encontrado a demasiado expendedores de carnets de escritor que solo querían justificar su poca honestidad y falta de talento— y acércate a las personas de carne y hueso que encontrarás sumidas en el más profundo de los anonimatos. Si en alguna ocasión tienes la suerte de presentar tus creaciones o hacer lectura pública, no caigas en los vicios de los demás, no quieras ser más inteligente o más listo que quienes están al otro lado, sitúate en una posición horizontal y deja las verticalidades para quienes se creen que escribir te convierte en una suerte de dios o de ser especial. En esta actitud, hay mucho de publicidad y promoción, dos de los vicios más absurdos que he encontrado en los últimos años por los lares mal llamados literarios y que no pasaban de fiesta de cumpleaños con los amigos más interesados y aduladores que uno pudiera encontrarse. Sobre todo, no cometas el error de autocitarte o de citar a quienes los más conocen, sé fiel a tus lecturas y principios y aportarás nuevas luces a quienes solo conocen a los dos o tres autores de moda o a los dos o tres autores elevados a mitos por el mercado, aunque utilicen etiquetas como transgresores, esenciales o populares.

Soy consciente de que podría extenderme mucho más, pero por ahora creo que es suficiente para que empieces a pulir los vicios adquiridos durante los años de duda e inseguridad que sacuden a cualquiera que quiera decidirse a las letras. Sin embargo, solo te diré una última cosa: nunca te llames a ti mismo escritor o poeta, nunca caigas en esa absurda manía en la que caen los que nada son sino se lo repiten constantemente. Por ahora eso es todo, espero que pienses en lo que te he contado y sobre todo no tomes como consejos definitivos lo escrito más arriba, solo si no aceptas como absoluto las palabras de un compañero y amigo de letras podrás seguir la senda de la escritura con la cabeza alta y el alma limpia, y recuerda, cuando te encuentres con los mercaderes de las letras, esta máxima de Séneca: quien habla rápido y en voz alta nada tiene que decir.

EL ODIO MATA

Parece que, aunque el título del artículo sea una perogrullada, hay persona que no se enteran todavía de algo tan obvio, parece que ser diferente y reclamar derechos y libertades, también obligaciones, es un delito contra el buen orden de la sociedad o una afrenta a quienes han ostentado el poder hasta la fecha. Ver cómo los intransigentes se ponen nerviosos es buena señal, ya que quiere decir que se están haciendo las cosas de forma correcta. Solo hay que darse una vuelta por la calle y abrir los oídos, a lo mejor también la mente, para darse cuenta de que el odio es el pan nuestro de cada día. Decenas y decenas de opinadores de terraza se lanzan a la crítica social sin tener la más mínima conciencia de lo que dicen, y escudados en la palabra libertad, envenenan las calles con sus opiniones obtusas y egoístas. Si hay algo de lo que España es cantera es de seleccionadores nacionales, todos lo harían mejor aunque no sepan cómo es el mundo del deporte de élite, y de presidentes del gobierno, aunque no sepan cómo se gestiona un estado y las presiones a las que uno debe estar sometido. Esto no quiere decir que quienes nos gobiernan lo estén haciendo bien, tampoco mal, simplemente están siguiendo la senda que dejaron los anteriores, y quizá sea necesario que existan personas que reclamen sus derechos para que de una vez suceda algo por estas latitudes. 

Ver a los señoritos, a los curas, a los colonos, a los mal llamados pueblo agitarse y ponerse nerviosos, cómo se ha dicho, es un buen síntoma y ver cómo su odio se les sale por los poros es señal de lo mucho que deben cambiar las cosas en este país. Quizá el problema principal de España, seguro que pasa en otros países, sea la negación a la evolución del pensamiento, aceptar nuevas ideas porque se tiene miedo de que se descubra hasta qué punto nos han inculcado odio y rechazo a todo lo que no sea de una determinada manera. ¿Qué más le da a nadie con quienes se acuesten o de quienes se enamores un grupo de personas?¿Qué les importa que uno se sienta de una determinada manera y quiera que le reconozcan su condición?¿Qué tiene que decir nadie de lo que uno hace con su propia vida? Si existen leyes como, por ejemplo, la de la eutanasia no es para matar a nadie, sino para que las personas que sufren, y del sufrimiento ajeno sabemos poco en España, tengan una salida digna a una situación que no lo es. Si mi padre, persona que padeció Huntington, hubiese tenido la oportunidad de dejar este mundo con dignidad y no morir ahogado con su propia comida porque su cuerpo ya no podía más, seguro que la hubiese aceptado, ya no solo por su dignidad, sino para no arrastrar a todo una familia a una situación de desamparo y deriva. Pero no, es preferible opinar sin conocimiento de causa, verter la primera teoría de la conspiración que a uno, quizá empachado por series de Netflix o por libros de dudosa catadura moral, le viene a la mente o decir que lo que se quiere es matar indiscriminadamente. 

Sin embargo, así es el odio, siempre viene acompañado de la ignorancia, y se extiende como una enfermedad infecciosa por las comisuras de la sociedad haciendo que quienes quieran vivir su diferencia en paz no puedan hacerlo e incluso se permita que se les mate. Sobre todo, lo que no entienden quienes odian es que cuando se amplia un derecho el suyo no deja de estar reconocido, porque ampliar no es anular. Ellos pueden seguir pensando lo que quieran y haciendo con sus vidas lo que han estado haciendo hasta el momento. Quizá, lo que les molesta es que los demás también puedan vivir como quiera, porque no saben convivir más que con los de sus especie y, por otro lado, hay muchos partidos políticos indecentes que sacan grandes réditos electorales de la ignorancia y el odio. Quieren que esas personas estén calladas, escondidas y que no dejen de ser objeto de las burlas y chistes de mal gusto que hasta el momento se han podido hacer en España. “Si ya no podemos contar chistes machistas, homófobos o de personas con discapacidad qué va a ser del buen orden de España”. Quizá si dejáramos de hacer eso, veríamos hasta qué punto hemos sido crueles y la poca gracia que tiene la crueldad, pero, claro, saldrán los intolerantes gritando que tiene derecho a ser intolerantes, aunque se equivoquen ya que en las sociedades libres, más que les pese, es mezquino aprovecharse de la libertad para verter opiniones que atentan contra la misma. 

Sí, el odio mata, pero no solo a personas diferentes, sino a quien odia y piensa que está en su derecho de odiar sin saber por qué odia o dejar de hacerlo. Sin embargo, ese es el pan nuestro de cada día por estas latitudes: tenerle miedo a los agresivos y no alzar la voz no sea que se molesten sus excelencias los ignorantes y bestias o los hombres que dicen que ahora están perseguidos por serlo. Quizá no sepan que decir eso es de un cinismo y de una maldad repugnante porque directamente es mentira, pero, bueno, quizá estaban mejor cuando nadie les hacia la competencia en eso de ostentar el poder, quizá, como se ha dicho, ver a tanta gente que se considera normal nerviosa es la mejor señal de que debemos seguir por este camino y plantarle cara a quienes odian con las armas inversas que ellos utilizan: la razón y el respeto. 

HUIR DE LA HIPÉRBOLE

Quizá uno de los más dudosos logros del capitalismo y de la sociedad de consumo sea el haber desplazado las humanidades a un lugar casi residual. El descrédito sufrido por dicha rama del conocimiento la ha llevado a no ser tenida en cuenta o casi desaparecer de los programas docentes o, en muchos de los casos, reducirse a lecturas y enseñanzas superficiales. La opinión mayoritaria dice que eso no sirve para nada, y nadie que se dedique a ellas logrará triunfar en la vida. Incluso quienes las cultivan, en ocasiones, caen en la desidia, algunos en la soberbia, de quienes saben que no pintan nada en el entramado social. La razón instrumental y utilitaria ha vencido la batalla, pero no la guerra. Si arrancamos la parte humanística de nuestra sociedad, ¿qué nos queda de humanos? ¿Cómo podemos hacer frente a cuestiones que no son tangibles o que requieren algo más que soluciones fáciles y rápidas? Parece que las acciones humanas están enfocadas al beneficio o al rédito económico, a lo inmediato, a lo efímero, es decir, a todo aquello que no comporte grandes o profundas cuestiones. La simplificación en la que ha caído nuestra sociedad —siempre hablando de las sociedades opulentas y de estómago lleno, aunque las facturas nos ahoguen— en ocasiones ralla lo soez, y la vulgaridad en la que nos instalamos hace que parezcamos y dejemos de ser. 

Sin embargo, hay quienes creen en algo más que lo superfluo o banal, en tener, tener y tener cosas, comprarse lo último en tecnología o en moda, y están menos preocupados por su imagen —aquella que quieren que proyectemos como si estuviéramos en una promoción perpetua de nuestro ser—que el resto y quieren cultivar el alma. Para ello, el cultivo del alma cabe hacer una aclaración. El mercado también se ha introducido en ese terreno, y la mayoría de los supuestos sabios —coach o guías se les llama ahora— no son más que esclavos o esbirros del mismo sistema que nos quiere oprimir y esclavizar, ya que nos aconsejan que vayamos a producir con la mejor de nuestras sonrisas o que nos sintamos culpables cuando no logramos los objetivos que el dueño de la empresa quiere que consigamos. Por otro lado, se nos aconseja una suerte de tibieza ovejil y gregaria, que no alcemos la voz más de lo conveniente y que seamos los mansos entre los mansos, porque quien se queja de su situación es que tiene algún desajuste. Claro que lo tiene, sabe que el sistema en el que vive no es trigo limpio. Así pues, haremos bien en huir de todo aquello que huela a coach o gurú o guía, y nos dé recetas para que nuestra vida sea la que quieren otros. 

Si los hombres fuesen capaces de dirigir siempre su conducta por un deseo moderado y la fortuna se les apareciese siempre favorable, su alma estaría libre de toda superstición. Pero a menudo como se ven en tan miserable estado que no pueden tomar ninguna resolución racional, como flotan casi siempre entre la esperanza y el miedo, por bienes inciertos que no saben desear con medida, su espíritu se abre a la credulidad más extrema; vacila en la incertidumbre; el menor impulso le mueve en mil diversos sentidos, y las agitaciones del temor y de la esperanza se añaden a su inconsistencia. Observadle en circunstancias cambiadas; lo encontraréis confiado en el porvenir, lleno de jactancia y de orgullo. Dice en el prólogo de su Tratado teológico-político Spinoza, y aunque él hable de cómo se utiliza la religión, ¿acaso no nos comportamos del mismo modo con aquello que nos dicta el sistema? ¿Acaso no somos creyentes de la banalidad y la superficialidad, de la búsqueda de la felicidad y del placer fáciles? Todo se compra, todo se vende, parece que reza en las frentes o las miradas de quienes pasean por la calle, y se le ve huraños y enfadados, tristes o aburridos, cuando el silencio les acoge en su seno, cuando tienen que contemplar el mundo que les rodea porque han dejado sus móviles o a sus compinches en casa. El ruido también es un síntoma de esta época sin alma. Luces, sonidos —inputs se les llama— por todos lados, seres dinamizados, entretenidos todo el tiempo, y ya no solo para que no veamos lo que hacen con nosotros, sino para que cada vez tengamos el alma más pequeña y raquítica. Pusilánimes existenciales nos arrastramos por la vida, y estamos más pendientes de envidiar al vecino o de criticar su modo de vida, que de mirar a nuestro interior, quizá porque sabemos que no hay nada en él. Somos un piso vacío, no hay muebles, no hay puertas ni ventanas. 

El orgullo de la posesión nos ha cegado y quienes quieren una vida austera y tranquila son vistos como seres peligrosos porque pueden enseñar a los demás lo poco que valen las cosas, lo poco necesarias que son las necesidades que sentimos cada día. Obviamente, existen personas que tienen serías dificultades para subsistir, aunque los más tenemos un techo, una cama, comida cada día, pero, como niños caprichosos y mal criados en la granja urbana que nos engorda la vanidad, decimos que no nos justa eso o que no queremos lo de más allá porque no es grasiento, brillante o imita aquello que creemos que es la clase o la elegancia. No hemos comprendido cuán inútiles eran muchas cosas, sino cuando han comenzado a faltarnos; en verdad nos servíamos de ellas, no porque nos eran necesarias, sino porque las teníamos. Y ¡cuántas cosas nos procuramos ahora porque otros se las han procurado, porque la mayoría las posee! Dice Séneca en la epístola 123 a Lucilio. Quizá las épocas de escasez sean las mejores maestras para que, cuando vuelvan las de la opulencia, no volvamos a caer en los mismos vicios, una buena enseñanza es perder aquello que creíamos que nos era necesario, y con ello no se dice que debamos ser pobres, sino que seamos conscientes de lo que necesitamos y lo que se nos impone que necesitemos. 

Obviamente, se debe disfrutar de la vida pero, tal vez, nos estemos equivocando del modo cómo la estamos disfrutando. Para eso sirven las lecturas humanísticas, filosóficas en este caso. Sirven para darnos cuenta de que la felicidad no se encuentra en aquello que nos distrae o nos posee creyendo que somos nosotros quienes poseemos, sino que, quizá, la felicidad esté en desprenderse de lo superficial y tender a la sabiduría, cada uno la que crea conveniente, y en saber que lo único que nos llevaremos de este mundo es nuestra alma, y no de un modo metafísico o religioso, sino de un modo tangible. Nuestra alma es lo único que nos pertenece porque nosotros decidimos cuán grande la queremos, cuán rica y sana, y alejarnos del exceso, de la hipérbole en la que vivimos es un primer paso para, quizá, ser más revolucionarios que quienes dicen serlo porque incluso esos caen en el exceso, en querer poseer lo que los demás tienen, sin saber cambiar el uso que los antiguos amos hacían de dichos objetos. 

Con esto, repito, no se censura ni se culpabiliza a nadie, cada uno vive en las circunstancias en las que vive, pero sí que es de recibo, ya que se nos ha dado la oportunidad de tener un alma, ejercitarla lo más posible. Las humanidades, la filosofía, si para algo sirven es para, valga la redundancia, hacer a las personas más humanas, más conscientes de cuál es su situación y por qué se da esta o quiénes son los verdaderos responsables de ella. Quizá por eso sea tan peligroso decidirse a dichas disciplinas y leer según qué libros, en lugar de adorar la tecnología y leer libros que dicen autoayudarnos con portadas reluciente y contenidos superficiales. Tal vez, quienes tenemos el estómago lleno tenemos la responsabilidad de aspirar a algo más que a la posesión y acercarnos a lecturas filosóficas en tiempos de exceso. Sin embargo, eso ya es cuestión de cada uno y de lo responsable que quiera ser uno de su existencia. 

PUEBLO SIN MAYÚSCULAS

El pueblo, sin mayúsculas grandilocuentes 

Ni demaogogos que lo utilizan para espectáculos burgueses, 

Dicen las voces de la calle, cada día está más triste

Porque hay quienes han decidido 

Que somos aceitunas en una prensa. 

Sin embargo, no queda hueso para exprimir, 

Y el alma no se vende por mucho que rujan 

La desidía y la tiranía de quienes gobiernan para sí mismos.

Pueblo de apariencias, sin ser, sin alma, 

Precario decorado de orondos administradores, 

Gamba podrida y vino de sangre contribuyente. 

Al pueblo, sin ideología y sin futuro simple, 

Le han cercenado la alegría 

U ocultado la sombra de los bancos para soñar, 

Y languidece como un animal desorientado, 

Donde jaula de hierro es equivalente 

A “vuelva usted mañana” y “ya veremos”; 

“Ojalá tenga suerte y su excelencia

Pueda recibirle para arreglar lo suyo”, 

Lo nuestro, lo de ellos, lo de cada uno 

De quienes gritan sin garganta 

Y ojos en pantalla u oídos en bufones 

De sueldo público que nunca pisaron la calle. 

El pueblo, sin alegatos o negociantes de la miseria, 

Cada día está más triste, mustio, 

Dicen las voces de quienes rascan 

Los números de la cuenta corriente 

Como quien rasca un boleto de lotería.

Los demagógos vendieron sus palabras 

Y la suerte fue privatizada y vendida 

A los hijos de alguien que ríe 

En su palacio fuera del pueblo 

Recostado entre mayúsculas. 

EN EL CLAUSTRO

A eso de las doce, cuatro voces rebotan por el patio de luces. 

Libertad del momento; exorcismo de grilletes 

Trasmutados en pequeñas certezas 

De una cotidianidad como dedos en la garganta. 

Las voces dicen lo que no se atreven 

Y balancean el mundo entre la sabiduría y la costumbre. 

“El pollo cada día está más caro”, 

“Ya le dije a mi hija que…”, 

O “ahora hay más ayudas, pero llegan tarde”, 

Entre otras disecciones del estado de la cuestión

Que aprieta pero no ahoga 

Mientras la cebolla, el ajo o el tomate

Son banda aromática del paso del tiempo. 

Una leve queja de una espalda sobrecargada, 

Las manos ya no son lo que fueron 

Y las mentes se desquicían en el quicio de la existencia, 

Mientras el recuerdo de un padre 

Da ese punto de ternura que quizá faltó algunas Navidades. 

Mientras las voces reptan por las paredes del patio de luces, 

El tiempo se detiene y la piedra de la espalda 

No duele tanto como la del titán. 

Las voces se retiran a sus rediles, 

El claustro queda vacío hasta el mediodía siguiente

Y un leve halo de resignación 

Se posa sobre las cuerdas de tender 

Como pájaro negro sobre el busto de Palas. 

BIBLIOTECA MUNICIPAL

“(…) los muertos son bastardos de la muerte, 

hijos de otra memoria. 

José Ángel Valente 

A través de la ventana de una biblioteca más allá de la periferia, 

La existencia cruda lucha contra la paradoja 

De quienes mueren de hambre porque veinte monedas

No son suficientes para detener

Los engranajes que nadie mueve: 

Los administradores de la miseria, 

Ahora, oprimen en diferido. 

Algunas aves dibujan en el cielo el camino de la libertad, 

Aunque su canto se pierda entre los edificios cortados 

A imagen y semejanza de los difuntos que los habitan. 

Nadie sabe del aire o del agua, 

Sino empecinados en la tierra 

Se debaten entre la costumbre o la desdicha. 

Quisiera cantar un himno alegre, 

Total y esperanzado, pero el clima de las almas

No permite más que lo efímero.

Los sueños se diluyen en la ansiedad

De quienes creen que herederán este laberinto de desorientados. 

Aun así, intento la esperanza porque no he encontrado 

El acta de mi defunción

—supongo que los funcionarios fúnebres la habrán traspapelado—

Y eso me otorga una luz dimininuta 

Como la punta del bolígrafo con el que trasmuto la desolación en letras. 

El cristal de esta biblioteca me aisla de los muertos desmemoriados, 

Errantes en su error. 

NOBLEZA

Escribir con la cabeza alta, 

Erguida ante la vida de grillete y palo entre las ruedas. 

Escribir con la nobleza que los esclavos morales

Entienden como enemiga de sus valores resentidos y utilitarios. 

Escribir más allá de personas simplistas

—no confundir con simple—,

Demagogos de la masa de la que reniegan cuando es comunidad. 

Escribir con nobleza y dignidad, no orgullo, 

Como única forma para sobrevivir 

En esta Roma de decadencia low cost, 

Mientras pienso que ser noble no es pecado, 

Sino dignidad ante la deriva

Y no naufragar en mares de aristócratas periféricos

Que solo entienden de hundir cabezas 

Que asoman sobre el estiércol 

Y así no quedar en evidencia por su falta de compromiso con la vida

Que callan con sus manos de verdugo 

Del poder que les castra la ilusión. 

Y así, todos detrás de la línea…  

FUERTES CON LOS DÉBILES, DÉBILES CON LOS FUERTES

Como dice Michel Onfray en La política del rebelde (Anagrama, 2020), no existe actitud más mezquina y, a la par, más extendida en la sociedad que la de ser fuerte con los débiles y débil con los fuertes. Dicha forma de obrar puede ser vista como la que vertebra, en parte, las relaciones sociales o políticas de nuestra cultura y que se entronca con la definición que Michel Foucault utiliza para hablar del poder como algo que no se ejerce solo de arriba a abajo, excepto en esferas muy altas, sino horizontalmente, ya que la subyugación por parte de las estructuras de poder se ejerce, en la mayor de las ocasiones, entre iguales. Vigilancia entre los oprimidos que permite que las altas esferas estén tranquilas. Algo así como una reedición del divide et impera de los romanos. De ese modo, somos fuertes con los que presumimos más débiles que nosotros, por ejemplo las personas que vienen de otros países para trabajar, y débiles con los fuerte, por ejemplo las personas que vienen de países ricos a pasar las vacaciones. Este trato servil con el que está, suponemos, por encima de nosotros y tiranos con quienes creemos que carecen de la suficiente civilización, siempre comparándola con una idea inventada, es decir, un prejuicio, convierte a quien lo practica en un miserable.

Dicha actitud se puede ver en la tipología que utilizamos para dividir a los países entre ricos o pobres, entre civilizados o bárbaros, entre evolucionados o atávicos. Poco conocemos el relativismo cultural que acuñó el antropólogo Marvin Harris, y que dice que ninguna cultura, por tanto ninguna persona, es mejor o peor respecto a otra, ya que todas poseen elementos suficientes como para ser respetadas. Seguro que alguien dirá que hay culturas en las que todavía se mutilan los genitales de la mujeres, en las que se dilapida a personas por pensar diferente o infringir una norma o que existen, entre otras, la pena de muerte. Obviamente, eso es cierto, pero eso no otorga más valor a una u otra cultura. Seguramente, la injerencia de los países occidentales sobre los demás países y el eurocentrismo del viejo continente, donde se cree que sus valores son supremos y universales, nos nubla la vista y el entendimiento, y no vemos que esas “barbaridades” mencionadas anteriormente también se cometen en nuestros territorios “civilizados”.

Sucede, en cambio, que la supuesta evolución de los países occidentales se ha sustentado en algo tan sutil como el refinamiento del mal o las violencias simbólicas, como las llamaría Pierre Bourdieu. En Europa ya no se mutilan genitales de mujeres, pero, en cambio, se articula una tecnología simbólica y discursiva que hace que no sean libres para utilizarlos cuando les venga en gana. Es mucho más higiénico y menos invasivo que cortar, pero de modo abstracto es lo mismo. Fue Roma, la cuna de nuestra civilización, la que inventó leyes y articuló la barbarie para que esta fuera más sutil, pero barbarie al fin y al cabo, como explica Indro Montanelli en su Historia de Roma (Debolsillo, 2018), a través del derecho o de prácticas religiosas que han llegado hasta nuestros días. La tecnología discursiva hace que parezcamos ángeles en contra de los demonios bárbaros que ostentan tales tradiciones, pero no olvidemos que esto se debe a nuestra soberbia y que Occidente no está exenta de crueldades como las antes referidas.

A nivel más plano, es decir, lo que se denomina vulgarmente como de calle, vemos esta actitud en los comentarios o las actitudes cotidianas. Por ejemplo, cuando increpamos o menospreciamos a quien trabaja en la caja de un supermercado o exigimos, como niños mimados y caprichosos, a los camareros de los restaurantes o bares donde nos lanzamos como gaviotas en un vertedero para usufructuar una mesa y unas cuantas sillas, que nos sirvan de modo exclusivo o lloramos porque no queda esa tapa con la que habíamos soñado la noche anterior. Es clásica la actitud, casi siempre de personas de clase trabajadora, de sentirse como señores feudales delante de estos esclavos modernos, pero no somos conscientes de que esas personas, además de servirnos, están tan esclavizadas como nosotros, ya trabajemos en una oficina o en una fábrica. De eso modo, mostramos al mundo sin tapujos nuestra falta de empatía y creemos, por el hecho de que somos quienes pagarán la cuenta, tener más privilegios que quienes nos sirven la comida o nos la vende. Otro ejemplo podemos encontrarlo en los cargos intermedios de cualquier tienda, oficina o fábrica, quienes creen que por tener a cargo algunas almas, ya heredarán la empresa, cuando son domingillos, es decir, la mano derecha de los señoritos en los cortijos que azotan a sus iguales para que el amo, como perros fieles, les acaricie la chepa. En ese caso, encontramos el paradigma del fuerte con los débiles y el débil con los fuertes, ya que entre dos agua prefiere ganarse el favor del poderoso oprimiendo a los de su clase.

De ese modo, como se ha dicho al principio del artículo, se articula una parte de la dinámicas sociales, buen ejemplo de ello es la aporafobia, odio a los pobres, que practicamos sin ningún tipo de complejo cuando doblamos la cerviz ante los señores del norte y dejamos morir en el mar a los parias del sur, sin darnos cuenta de que los primeros vienen a fagocitar recursos y los segundos a ganarse la vida como haría cualquiera en su situación. Pero resulta más rentable, quizá también moralmente, denostar a quienes no tienen recursos y así sentir una suerte de orgullo falso y mezquino de posesión. Quizá si fuéramos más conscientes de dicha actitud que, como se ha dicho, proviene del prejuicio inoculado por las clases dominantes para que seamos sus escudos humanos y morales y así no mancharse demasiado las manos y poder aparecer como filántropos cuando donen algún aparato pero sigan explotando a sus trabajadores, nos daríamos cuenta de lo injusto de dicha actitud y, tal vez, la existencia sería un lugar más amable. Sin embargo, secuestrados en el individualismo más atroz, seguimos siendo débiles con los fuertes y fuertes con los débiles, como si esperáramos por parte de los amos heredar la tierra, cuando lo que conseguiremos con dicha actitud es envilecer un poco más, si cabe, la condición humana y conseguir lo que quieren: ser mansas ovejas con el pastor y fieros lobos con nuestros iguales.

HONRADEZ COMO SINÓNIMO DE VALENTÍA (CASI UN ENSAYO)

Poco entiendo de la existencia. Quizá por ello escribo. Escribir es pararse y lo que más necesitamos es pausa, de ese modo se puede mirar. Pero a pocos les interesa lo que sucede ante sus ojos, de ahí, supongo las pantallas o las frustraciones o las envidas o los resentimientos que se calzan a modo de viseras o de gafas oscuras. Supongo que si fueran conscientes de la superficialidad y la jaula en la que viven entrarían en shock, y eso provocaría un estallido inmenso e insoportable. Algo parecido a como cuando alguien se escucha por primera vez. Cansancio de nadas, pero en eso nos hemos quedado en una excrecencia de lo que fue la humanidad, porque solo veo monos absurdos o hienas histéricas o vacas crédulas, un zoo absurdo, que no leen ni piensan, sino que son puro impulso, mientras la conciencia se pudre entre cuatro o seis pulgadas. Pero a nadie le apena perder la inteligencia, es más, les encanta lanzarla por el sumidero de la necedad subvencionada porque la supuesta libertad, siempre sensación nunca real, se ha utilizado par ser cada vez más necios y más esclavos de los objetos o de lo intangible de dedos virtuales o redes que pescan vanidades.

Entristece ver a quienes comparten especie con uno como prefieren la idiotez , pero lo quieren así. Además son los idiotas quienes nos gobiernan, y luego hacen idioteces y nos quejamos o lloramos. Sin embargo, ¿qué se puede esperar de personas que prefieren parecer antes que ser? Con todo, aunque me entristezca, pienso que si los demás se conforman con esta miseria existencial, por mi parte tengo derecho a aspirar a otra cosa y, tal vez, por eso escribo, pienso o leo, también miro, y cuando lo hago siento que mi alma late, que hay posibilidades dentro de este arte y que lo mejor que puede sucederle a alguien que conserve un atisbo de sensibilidad es alejarse del mundo de los apócrifos o los lloricas o de los barrocos cobardes para que la escritura crezca sin complejos.

Cansa ver cómo los idiotas piensan que saben más que uno y cómo se atreven a dar consejos o emitir juicios sobre lo que no conocen. Pero, esa ya se sabe, cuanto más ignorante es alguien más cree que tiene derecho a opinar. Tampoco tiene que preocuparme en exceso; lo mío es otra cosa, y soy consciente de que poco me justan los apócrifos. Además, esta letras son apuntes -no llegan a ensayo. He aprendido que el secreto de la escritura es la paciencia. Quizá esto sea lo único que sé de la existencia, una vez arrancada la resignación que me inocularon en la escuela, en la familia o en el barrio: hay que hacer caso a la intuición de uno y dejar de lado las voces de los resentidos o envidiosos, porque no se trata de convertirse en una estrella del firmamento o en un nombre en una antología, sino de ser honrado con uno mismo. Pero no como se dice en los libros de autoayuda, ahí solo quieren convertirnos en esclavos sonrientes, sino honradez como sinónimo de valentía.