LA SOCIEDAD LIMINAL: NO ESTAR EN NINGÚN LUGAR

La existencia en las sociedades altamente tecnológicas nos llevan a lugares mentales, emocionales o físicos que, en la mayoría ocasiones, no sabemos qué son ni siquiera dónde están ubicados. Como en una suerte de Limbo, nos movemos por las calles, las estaciones de transportes públicos, por los centros comerciales, incluso, por nuestra mente y, cada vez más, sentimos una suerte de extrañamiento con el mundo. El paso de la solidada mecánica a la orgánica, según Émile Durkheim, hizo que nuestras sociedades se volvieran más específicas en cuanto al trabajo y el conocimiento (división del trabajo), más individuales y con seres humanos más heterogéneos. En cambio, las sociedades anteriores a la industralización eran poco específicas en cuanto al trabajo, menos individuales y con seres humanos homogéneos, como nos explica el sociólogo francés en la División del trabajo social (Akal, 1987) Creyentes del mito del progreso, los seres humanos hemos avanzado con la idea de que nuestras sociedades son mejores que las anteriores. Poseer más individualidad, tecnología y virtualidad han sido las progresos de las sociedades altamente tecnológicas. Dichos progresos, han gestado la sociedad liminal, grupo humano que no se encuentra en ningún lugar sea este mental o físico. Fue Arnold Van Gennep, folclorista y etnólogo, quien acuñó dicho término. La liminalidad puede verse en la enfermedad, en la adolescencia o la locura transitoria o, incluso, en los viajes. Dichos ritos de paso, que también fueron estudiados por el antropólogo Victor Turner, nos muestran una sociedad que no se encuentra en ninguna parte y que, por tanto, no puede acceder a la comunidad propiamente dicha. La virtualidad de nuestras existencias, dentro de la individualidad que hemos creado, hace que perdamos el contacto con el mundo y no pertenecemos a lugar alguno.

Por otro lado, el antropólogo francés Marc Augé, siguiendo la estela de dicho conceptos, nos habla de los no-lugares. Lugares de paso como los halls de las estaciones de transportes públicos, los cajeros automáticos o la calles de las ciudades, en los que el uso común de ellos deriva, en contraposición a los lugares, en la pérdida de la identidad. Cuando estamos dentro de nuestro vehículo y nos desplazamos de un lugar o otro, estamos en un no-lugar, cuando caminamos por los pasillos del metro, estamos en un no-lugar y cuando nos entretenemos con videojuegos o entramos en las Redes Sociales, estamos también en un no-lugar. Lugares, aunque resulte paradójico un no-lugar es un lugar, donde se transita por una suerte de impersonalidad donde las relaciones sociales se debilitan. Nuestro hogar, nuestros amigos, nuestros familiares son lugares porque en ellos se crea identidad, vínculos sólidos, donde sentimos nuestro yo. Sin embargo, las sociedades tecnológicas tienden a crear comunidades anónimas de jugadores, Redes Sociales donde casi todos nos son desconocidos, hipermercados donde nuestros únicos vínculos son los productos que adquirimos, etc. Así pues, la relaciones se vuelven etéreas, aunque creamos que nos encontramos dentro de la sociedad. Una suerte de mundo paralelo por el que caminamos entre sombras como el mito del filósofo griego nos muestra desde hace siglos.

La división del trabajo es el principio de la barbarie, decía Friedrich Nietzsche, en referencia a la pérdida de la humanidad con la especificidad de los trabajadores. Robotizados en nuestras cadenas de montaje, ya sean estas en fábricas o en una oficina, nos alejamos del contacto con la realización del objeto, al contrario que los artesanos. Cada vez más especializados, puede entenderse como cada vez desconozco más lo que hace quien tengo al lado, cada vez la mirada más fija en mi parte de la cadena y, por extensión, en mí. Esta es la barbarie de la que habla el filósofo alemán. Una sociedad que pierde el alma, el contacto, con lo que construye y, donde, la prisa y la eficiencia son los paradigmas. No existe, digamos, una relación erótica con lo que construimos, sino una relación pornográfica, específica y explícita hacia el objeto. Inscritos en esa barbarie, los seres humanos nos alejamos del centro de la sociedad, de la comunidad y exigimos que se satisfagan necesidades específicas. No es de extrañar que existan tipos de relaciones cada vez más etéreas y con aroma a consumismo, en lugar de vínculos sólidos entre los integrantes de la sociedad.

Cada uno en su limes rehuimos el contacto con los otros, y nos convertimos en no-lugares. Nuestra identidad se ve afectada y se diluye en un maremagnum de emociones contradictorias. La sociedad liminal nos empequeñece el alma y nos aísla del resto, donde el yo se torna objeto de culto. Vueltos masa, pero una masa que creé ser especial e individual, todos concebimos el mundo como una sola mente, una mente alejada del centro de la comunidad y donde si no se comparten los valores del grupo, se nos aparta de la vida. Un ejemplo de ello, es el aumento de enfermedades mentales derivadas del extrañamiento con la sociedad. Dicho tipo de enfermedades, como escribe Erving Goffman en Estigma (Amorrortu, 2009), son marcas que colocamos sobre las personas disidentes con la visión general y, cada vez más, utilizamos esas marcas para los comportamientos que la sociedad no tolera, en lugar de preguntarnos por qué sucede eso, lo estigmatizamos y lo aislamos del conjunto para que el status quo no se vea afectado por esos individuos extraños, raros o locos que no quieren adaptarse a lo que se dice desde el poder. Con dicho mensaje por parte de las autoridades, cada uno de nosotros es susceptible de ser visto como un enfermo mental, y pocos se preguntan hasta qué punto es la sociedad quien construye este tipo de enfermedades.

De ese modo, la sociedad liminal nos enferma situándonoslo en lugares periféricos, en no-lugares, donde perdemos paulatinamente nuestra identidad. Extrañados con el mundo, caminamos por las aceras de nuestras ciudades, con órdenes contradictorias y directrices que nada tienen de racionales. Quizá deberíamos hablar de un nuevo tipo de solidaridad, entendida desde la sociología, ya no orgánica, sino etérea donde los seres humanos están cada vez más aislados entre ellos y donde la individualidad a dado paso a una suerte de solipsismo en el que solo vemos nuestros intereses, eso si esos intereses son nuestros realmente. Quizá por ello, porque permanecemos en una suerte de rito de paso eterno, los seres humanos de la sociedad liminal no encuentran su lugar en el mundo. No se nos da paso a otro estado, sino que se nos mantiene en estado infantiles o adolescente o de enfermedad mental, donde el capital saca sus último réditos económicos. No es de extrañar que cada una de las etapas de la vida se haya vuelto un nicho de mercado, sino pensemos un momento en los adjetivos de la moda: infantil, juvenil, etc. y los diversos subgéneros según se quiera aparentar ser de un lado u otro. También la excesiva obsesión por permanecer jóvenes, tanto que se les ha quitado la juventud a quienes deben estar en ella, es un síntoma de no estar en ningún lugar.

Divide et impera, escribía Maquiavelo, y eso es lo que ha conseguido el poder con la sociedad liminal. Todos divididos, todos combatiendo entre todos. De ese modo, quienes gobiernan se siente felices por ver cómo los gobernados no miran hacia arriba sino hacia su vecino, como en una suerte de régimen totalitario, donde el chivato es premiado. No es necesario que el poder nos vigile, él se sienta a observar la obra, mientras la ciudad arde, ya no como en época de Nerón, a manos de los poderosos, sino por parte de los subyugados, rompiendo el principio de cualquier solidaridad entre iguales. Ese es el mérito de la sociedad liminal: no estar en ningún lugar, y bien agarrada en nuestras conciencias y desconociendo aquello que Étienne de la Boétie escribió en su Discurso de la servidumbre voluntaria (Tecnos), que si todos le damos la espalda al poder, este no tendrá ningún efecto sobre nosotros. Quizá la desobediencia, que no la violencia, sea una de las pocas actitudes que pueda alejarnos de la sociedad liminal. Mientras tanto, seguimos acusando al vecino de los males que nos aquejan y alejándonos cada vez de aquello que genera vínculos entre los seres, ahora sí, cada vez más liminales.

ÍDOLOS AD HOC

Anunciada por Friedrich Nietzsche vivimos en la época del nihilismo, donde los valores han perdido su sentido. Sin un sistema filosófico vertebrado, somos seres sin esqueleto que sostenga las ideas, los actos o el telos de una sociedad sana en sentido moral. Se puede decir que hemos desistido de cualquier responsabilidad con respecto a la comunidad y, movidos a impulsos, solo atendemos a nuestros intereses. La sobrevaloración del individuo, que no la persona, como paradigma nos conduce a la construcción de burbujas unipersonales donde gravitamos ajenos a lo que a nuestro alrededor acontece. Instaurados en la deriva, nuestros referentes culturales, sociales o morales son pasajeros como las directrices que nos llegan desde el sistema donde vivimos. Introducidos en una suerte de época de filosofías menores, solo hay que echar un vistazo a los libros de supuesta autoayuda que se venden o a los mensajes que se lanzan desde las producciones culturales y artísticas, hemos entrado en el imperio de lo pulido, como diría el filosofo coreano Byung-Chul Han en su ensayo La salvación de lo bello (Herder, 2015). Nos hemos acostumbrado a un mundo sin aristas, sin negatividad, sin discursos que aporten valores tangibles o sólidos, y nos balanceamos de un impulso a otro según sean nuestras necesidades en cada momento. Necesidades, por otro lado, que han sido fabricadas en los laboratorios comerciales de empresas que ganan mucho dinero con nuestras adicciones emocionales o tecnológicas. Por tanto, llegamos a la conclusión de que el mínimo de dignidad humana es disponer de una conexión Wi-Fi, de un móvil o de la última plataforma de entretenimiento, entre otros cachivaches que cubren el horror vacui de nuestras almas nihilistas.

De ese modo, nada tiene sentido y se camina por la tierra como aquellos que pasan sin más aspiración que pasar. También es idea del filósofo alemán, la muerte de Dios en el corazón de los hombres, no solo como la muerte de la religión, sobre todo, la católica, sino como la muerte de toda esperanza de trascendencia en el ser humano. No hay una idea superior que ponga límites y, por tanto, creemos ser el centro de la creación, aunque, en ocasiones, la ciencia nos muestre hasta qué punto somos ínfimos dentro del Universo. Sin un ídolo o idea superior el ser humano cae en la soberbia, en el descreimiento, en la apatía o, incluso, en la desmesurada acción. No hay ideas superiores, no hay creencia y no hay fe, en el sentido de superación espiritual o moral. De ese modo, nos agarramos o nos proyectamos en ídolos ad hoc, creados para la ocasión, y, como los productos que adquirimos, totalmente desechables. Se eleva a la categoría de dioses a personas de carne y hueso que son el paradigma de la envidia, la competencia desleal, el egocentrismo o la soberbia y se lucha por ellos como si fueran adalides de las causas nobles. Deportistas, cantantes, famosos reflejo de una marca comercial, entre otros, son los que pueblan el hueco que han dejado los ideales o la trascendencia, y se les rinde pleitesía por el mero hecho de correr más que otro, de ser supuestamente bellos o por las fanfarronadas o exabruptos que lanzan en los medios de comunicación.

Dicho referentes, son el reflejo de la sociedad nihilista en la que vivimos. Quizá por ello, las almas nobles y que aspiran a algo más caen, con frecuencia, en el desánimo y, como dice Byung-Chul Han, los narcisistas caen en la depresión, cuando se dan cuenta de esta falta de sentido. Los ídolos o referentes elegidos no sirven para trascender, sino para afirmar nuestras postura, ya que no cuestionan el status quo, sino que lo reproducen aunque en su forma exterior, en ocasiones, sea la contraria. Introducidos dentro del sistema, sus efigies son estampadas en camisetas, sus libros premiados por el mismo sistema y sus acólitos ávidos consumidores a la caza de nuevos productos que ocupen el nicho de mercado de la disidencia, porque, aunque no lo parezca, el mercado también ha conquistado la posible disidencia. El capitalismo es un sistema que se reinventa a sí mismo constantemente y, como decía Karl Marx en el Manifiesto Comunista, el mejor sistema inventado por el hombre. Si todo tiene un precio, y nuestro precio es no perder el cobijo de la burbuja social, es complicado disentir de dicho sistema. Dar cierta sensación de libertad, cierta manga ancha a quienes creen ser antisistema, es la clave para que nadie se mueva del cerco. Eso no quiere decir que no haya una solución o no se pueda construir otro tipo de organización social, digamos, más equitativo, pero no será posible mientras no aprendamos a renunciar a los privilegios, tal y como sucede con los hombres en el sistema patriarcal, si se quiere cambiar la situación.

Los ídolos que nos proponen son revolucionarios de baja intensidad, a los que se les dará su cuota de pantalla durante unas semanas, para luego cambiar de tema cuando sus seguidores tengan otro al que defender o exaltar como si se tratara de un dios. Como sucede con los grupos de música, por ejemplo, habrá nostálgicos de dichos ídolos, pero el resto se desilusionará o cambiará su atención. Sucede que otro de los paradigmas de la sociedad actual es la acumulación de experiencias y cuantos más ídolos se siga, más experiencias se tendrán. Por tanto, estos ídolos son creados para la ocasión, claro que se dice que el catalizador es el desánimo, la desilusión o la rabia acumulada por generaciones que no ven el futuro con buenas perspectivas, pero quizá deberíamos dejar el romanticismo de cualquier tiempo pasado fue mejor y darnos cuenta de que las generación anteriores tampoco tenían el futuro en sus manos, ya que el futuro siempre es un condicional que se proyecta desde el presente. Es decir, si sucede esto, esto y esto, en el presente, puede que el futuro sea así. Pero ese engaño no dura mucho cuando se conoce la imperfección de nuestras ideas y la imposibilidad de materializarlas tal y como habíamos pensado en nuestra mente.

Los ídolos ad hoc, por tanto, son una herramienta más del sistema capitalista para que las personas no salgan del redil. Aunque las fuerzas de seguridad del estado actúen en la disolución de ciertos grupos, según ellos altamente peligrosos, esto también forma parte de la escenografía social. Es decir, necesitamos ver cómo nuestros antivirus, los cuerpos de seguridad, actúan contra quienes quieren, se supone, romper es sistema establecido. Sugestionados por los antiguos discursos de poder, una parte de la ciudadanía estará a favor de los supuestos antisistema y otros estarán a favor de los cuerpos de seguridad. Algo así, como una lucha entre el bien y el mal. Pero, como decía Nietzsche, lo que terminará con el nihilismo es la venida del Übermensch, de una persona que haya trasvalorado todos los valores y sepa que verdad o mentira, bien o mal, son mentiras socialmente aceptadas. Seres que dejen la moral de esclavo de lado y abracen la moral de nobles, lejos del resentimiento y la envidia, también se podría introducir la avaricia, y que aporten luz a la sociedad. Quizá el filósofo alemán, en este punto, era demasiado optimista y no se dio cuenta de que la revolución moral que pedía es difícil dentro de un sistema que se regenera y asume como propios los discursos disidentes.

Con todo, no hay que perder la esperanza de un cambio en los valores y una vuelta a filosofías o sistemas de pensamiento sólidos que vertebren la sociedad, haciendo que esta sea menos etérea. Quizá, lo primero que podríamos probar es alejarnos de los ídolos ad hoc y cuestionar cuál es la utilidad de dichos ídolos y por qué están entre nosotros.

LO VULGAR COMO PARADIGMA: EL CANSANCIO DEL PENSAMIENTO

Dice Aristóteles en el principio de la Metafísica: El ser humano tiende por naturaleza al conocimiento. El filósofo griego, obviamente, no conoció a los seres humanos de nuestra época. Desde un tiempo a esta parte, se viene observando que lo perteneciente a la inteligencia o al conocimiento tiende a ser ignorado, iletrismo de orgullo. Hay quienes se enorgullecen de no saber nada, de no leer nada, de no pensar nada. No es de extrañar que en nuestra sociedad menos del 50% de sus habitantes no lean un libro al año. Sin embargo, no es solo el abandono de los libros u otros productos culturales, llamarles de este modo ya nos da una perspectiva de cuál es el problema que estriba en nuestra cultura, sino la baja calidad ya no solo creativa sino moral de dichos productos. La palabra ‘vulgar’ viene del latín ‘vulgaris’ perteneciente a la ‘gente común’ y del indoeuropeo *wel-5 (empujar, presionar). Con el paso del tiempo, dicha palabra pasó a significar ‘ordinario’, ‘con poca fineza’ y, finalmente, ‘alguien indecente’. Parece que, en contraposición con la idea de que el letrado es un ser arrogante, clasista y elitista (sin dejar de ser cierto en algunos casos), se tiene la idea, por quienes no pertenecen a una supuesta nobleza cultural, que ser letrado es algo malo. Reducirlo a tal es, cuanto menos, erróneo y, además, perverso.

De ese modo, la sociedad de masas en la que se integra lo ‘pop’ entienden que lo soez, estridente y maleducado es su territorio, aceptando, de ese modo, su lugar dislocado en la sociedad. De ahí, que la corriente mayoritaria sea reaccionar ante el conocimiento o la sabiduría con agresividad y menosprecio. La toma de posesión del vulgo, no como personas que pertenecen a clases populares, sino como idea de marketing para las grandes empresas y los medios de comunicación, hace que veamos personas, como se ha dicho, orgullosas de su ignorancia. Personas que dicen ser más auténticas que el resto, que tienen derecho a no leer un libro, ni siquiera a pensar. Eso no solo es un error, lo que nos diferencia de ciertas especies de animales es la conciencia y el pensamiento, sino que corremos peligro en cuanto a sociedad. Conducidos hacia la estridencia del que nada reflexiona y envidia mucho, nos encontramos en la dictadura de lo superfluo, lo banal y lo vulgar. Incluso quienes son utilizados como paradigma de lo correcto o modelos de comportamiento son personas vulgares, sean de la clase social que sean, sin estudios, sin intereses intelectuales y que se dedican a promocionar su ignorancia por el entramado de Redes Sociales, Medios de Comunicación, centro educativos, etc. Parece que exigir un mínimo, sería mejor exigir un máximo, de pensamiento, conocimiento y voluntad a las personas de nuestra sociedad es un crimen.

La excesiva agresividad con la que nos encontramos es consecuencia, entre otras, de la vulgarización de la sociedad, del menosprecio por el idioma y el orgullo de convertirse en alguien que nada sabe pero, en cambio, posee cosas, muchas cosas. Eso nos convierte en objetos y nos aleja de la humanidad. Una sociedad que se desentiende de la sabiduría es una sociedad condenada al impulso, a lo visceral; una sociedad condenada a empobrecerse no solo económica sino neuronalmente. Incluso aquellos que se encuentran en los medios de comunicación o en posiciones privilegiadas para la difusión del conocimiento, no pasan del marketing, el oportunismo y la superficialidad. Parece que cuanto más visceral, mejor, cuanto más bajo impulso, mejor, cuanto menos reflexión, mucho mejor, porque corremos el peligro de que la gente no entienda o no quiera entender lo que se les dice. Los medios de comunicación se han convertido en una suerte de mercadillo, no de ágora, en el que lo vulgar y bajo tiene mejor acogida que lo elevado y meditado. Quizá porque para meditar, no solo con las piernas cruzadas en un parque y con una esterilla y ropa del Decathlon, se necesita algo de silencio y lo vulgar es ruido, interferencia de la percepción de los hechos y opinión desmesurada y agresiva. Corremos el peligro de convertirnos en una suerte de neofascistas a los que, incluso con datos objetivos, es imposible convencerles de su error. Ellos, como los animales de carga o los que aran los campos, tiran hacia adelante con sus impresiones equivocadas de la realidad, a la par que contaminan el mundo con sus pestilentes actitudes.

Escuchar una conversación en cualquier lugar se convierte en un tormento para quienes creen en el pensamiento y la amabilidad, una suerte de concurso para ver quién está más enfadado y quién suelta la perla más sucia. La consecución de los diferentes derechos sociales, la liberación de aquellos que estaban sometidos, no ha sido acompañada, por lo que se puede ver en la actualidad, por la asunción de actitudes reflexivas, sino por el mantenimiento de la moral de esclavo, resentida y envidiosa. No se ha conseguido lo que otros tenían antes en exclusividad para seguir con el camino hacia una sociedad respetuosa, sino para, como se ha dicho en ocasiones, convertir libertad en inconsciencia y mala educación. Lo soez, lo vulgar, son el paradigma de una cultura colapsada por solipsistas sin interés por nada que no sea su propio ombligo o sus preocupaciones más bajas. Se confunde libertad con poder vociferar en la barra de un bar, en un plató de televisión o en el Congreso de los Diputados, lo primero que se nos pasa por la cabeza y ser irrespetuosos e incívicos es el pan nuestro de cada día. Siempre, en esta moral de esclavo, se busca o se construye un enemigo invisible que quiere quitarnos los privilegios adquiridos por no se sabe qué entidad metafísica y se cree que por el hecho de ser una persona se puede hacer lo que se quiera sin importarnos el prójimo. La moral esclava de la mayoría de los seres que apestan las calles es nociva y lo peor del asunto es que no saben que es nociva para ellos mismos. Libertad no es ignorarse lo unos a los otros, sino compartir los lugares que transitamos, libertad no es creerse el centro del universo y ser cada vez más vulgares y soeces.

Por otro lado, dichas personas vulgares violan continuamente, quizá para justificar lo injustificable de sus actitudes, una palabra, ‘pueblo’ y una idea, ‘clase obrera’. Utilizados como comodín cuando se les recrimina su comportamiento, se enorgullecen solo de esas cuando se ven entre la espada y la pared, y las utilizan como eslogan nauseabundo en infinidad de ocasiones. Ser una persona perteneciente a una clase humilde, en un país como el nuestro, no exime a nadie de adquirir conocimientos y, como dice Aristóteles, tender a ellos, no es excusa para la pose de matón perdona vidas que la mayoría tiene por la calle. Quizá, imbuidos en la rotación sobre su propio yo, han olvidado que si hubo lucha de clases no fue para convertir los centros de conocimiento en estercoleros populistas, sino para integrar dichas clases en el conocimiento y la investigación. Que ciertas clases entren dentro de lo académico, no fue para que sus hijos o nietos menosprecien el conocimiento, sino porque sus abuelos sabía que este era importante para el avance de la sociedad. Seguramente, nos encontramos con personas desagradecidas con los esfuerzos anteriores y que solo conservan la perorata obsoleta y el eslogan barato como si decir ‘pueblo’ o ‘clase obrera’ fuera decir ‘casa’ en el juego del pilla pilla.

Aristóteles no conocía a las personas de nuestra época, en caso contrario, no hubiera sido tan optimista. Tampoco conocía la sociedad de masas y los esbirros que la sustentan, ni los medios de comunicación o las Redes Sociales que idiotizan con sus contenidos vulgares, donde la mayoría de las veces se expanden tópicos hirientes, mal educados y clasistas, porque esta última, también es la actitud del vulgar, así como las clases superiores se creyeron con el derecho de creerse mejores que el resto, los vulgares, por muchos de los motivos que se han explicado, creen ser mejores que quienes no siguen sus preceptos. El pensamiento y el conocimiento, no han muerto, pero sí están cansados, sobre todo, de intentar germinar en personas que lo denostan y lo humillan con sus actitudes. Dicha vulgarización no es cuestión de llegar o no a final de mes, por mucho que Marx dijera: primum vivere deinde philosophare, porque aquí quien más y quien menos, menos en casos puntuales y extremos de los que no se habla en el artículo, todos tenemos el estómago lleno o medio lleno, lo suficiente como para hacernos algunas preguntas y, eso, la falta de cuestionamiento del status quo es una de las características de la vulgarización de la sociedad.

Estamos ante uno de los peores males que pueden asolar al ser humano, la desidia, Nietzsche lo llamaba nihilismo, y esta se rebela contra aquello que no huela a ella, riéndose y humillando a quienes, quizá dentro de cierta ilusión, sí quieren un mundo educado y que abrace la conciencia y el conocimiento como hermanos que quieren lo mejor para ellos. Sin embargo, la vulgarización de la sociedad hace que dichas personas se vean como sumisas y débiles, aunque, quienes tienen lo vulgar como paradigma, no se dan cuenta de que los sumisos y débiles son ellos. Hasta ese punto son esclavos de su desidia. Somos una sociedad cansada y vulgar y que, lastimosamente, ha dejado de ser humana, porque ya no cumplimos aquello que Aristóteles decía de que el ser humano tiende por naturaleza al conocimiento, sino ahora a la ignorancia de unos y de otros.

ARA DIREU QUE ESTIC BOIG: LA ENFERMEDAD MENTAL COMO NOVELA NEGRA

La enfermedad mental siempre ha sido causa de fascinación entre los escritores. No obstante, no son pocos los libros que tratan dicho tema. En Ara direu que estic boig (Editorial Alrevés, 2021) de Andreu Martín nos encontramos una novela policíaca donde su protagonista, Francesc Ascàs, es un joven que padece una enfermedad mental. Entre otros síntomas, la deformación de la realidad o la narcolepsia impregnan la narración de la novela. Desde los ojos del protagonista, vemos el hecho principal de la novela, el asesinato de una vecina con la que Francesc mantenía una relación de amistad, y el mundo que lo rodea. Dicha percepción de la realidad se nos muestra desde la ironía, la sátira y la credulidad de quien lo percibe como real. Poco a poco, a través de un prosa ágil, el mundo dislocado de Francesc ya no nos lo parece tanto y llegamos a preguntarnos quién es el cuerdo y quién el loco en esta historia. También, quizá sea una de los aspectos más interesantes de la novela, afloran los prejuicios hacia las personas que padecen una enfermedad mental. Francesc cree que todo el mundo piensa que es un loco, que, por eso, los Mossos d’Esquadra han entrado en su domicilio y que, por ese motivo, se lo llevan a la comisaria para interrogarle. Él cree ser el asesino de Blanca, su vecina, y curioso resulta su testimonio ante el juez donde confiesa haber asesinado a su madre junto a su padre, cuando esta desapareció de sus vidas. Derivado de ese hecho, Francesc piensa que su ADN contiene genética de asesino en serie. Ataviado con su kit de asesino, medita en cómo debe comportarse para convertirse en uno. Algo así como la filosofía del asesino, tema que podemos encontrar en Del asesinato considerado como una de las bellas artes (Alianza editorial, 2013) de Thomas de Quincey.

Personaje importante en la novela es el diablo o Lucifer, un hombre que regenta una escuela de sexo en la parte alta de Barcelona, y que, según Francesc se parece a Freddy Mercuri. Lucifer, portador de la Luz, se interesa por Francesc y por los cómics que publica en revistas underground. Los dibujos muestran el mundo interior del protagonista y enseñan, como sucede en la vida real, el talento oculto tras las personas con enfermedades mentales. Quizá sea porque, como se ha dicho en muchas ocasiones, dichas personas, no todas, suelen albergar un gran talento, dado que la creatividad es lo que les permite sacar lo que dentro de ellos sucede. Dichos cómics nos muestras a Karakul y Malpa, dos personajes con características físicas poco agradables, que luchan contra la dictadura de los guapos, concretamente contra Barbie y Ken Wapamente. Ahí vemos el contraste existente entre lo dislocado, la enfermedad mental, y lo bello, la normalidad. Pero dicha normalidad es, como decía Nietzsche en Sobre verdad y mentira en sentido extramoral, una mentira socialmente aceptada y, por tanto, altamente cuestionable. Y es dicha normalidad la que se nos cuestiona a lo largo de la novela porque lo normal nos dice que Francesc Ascàs es solo un loco, alguien al margen de la sociedad y que, como tal dislocado, debe ser apartado o integrado bajo los parámetros de la normal social.

Importante, también, resulta el valor de la amistad, que se plasma en los amigos de Francesc, lo únicos que no le hablan como a un niño. Ellos lo comprenden, aceptan y, sobre todo, respetan. También son dibujantes de cómic y se reúnen de tanto en tanto para charlar sobre sus vidas. Francesc les envía noticias sobre asesinatos, seleccionadas en las Redes Sociales, y hablan sobre dichos asesinatos con naturalidad, como quien es amante de los libros, la música o cualquier actividad cultural. No es frivolidad lo que los une, sino fraternidad. Este hecho es importante entre las personas que padecen una enfermedad mental, dado que la sociedad tiende a infantilizarlos y apartarlos. Recluidos en centros de salud mental, y bajo una estricta medicalización, dichas personas se ven como un aparte social. Y los amigos de Francesc hacen lo contrario de como actúa el común de los mortales: lo aceptan. Ahí es donde vemos la dualidad del personaje, si se me permite la expresión, se le considera un loco y se olvida que es una persona, que quizá la percepción que tiene de la realidad es, eso, otra y que nos cuestiona la nuestra, y cuestionar la normal siempre resulta peligroso. En el caso de Francesc esa distorsión de la realidad existe para tapar un hecho traumático, de ahí que cuando entre en conflicto con el mundo padezca ataques de narcolepsia, y dicho trauma es el que dará con la clave no solo del misterio que nos plantea la novela, quién es el asesino de Blanca y por qué fue asesinada, sino qué hay en el interior de una persona con una enfermedad mental, dándonos la clave de quién es en realidad Francesc Ascàs.

Esa es la magia de la narrativa: nos permite meternos en la piel de una persona con una enfermedad mental durante un tiempo de nuestra vida y, como sucede con las novelas que son algo más que el género en el que están catalogadas, nos acompaña después de leer la última palabra. Pararnos a reflexionar, como sucede en Ara direu que estic boig, sobre las personas que padecen este tipo de dolencias, es importante para una sociedad que se dice democrática, inclusiva y respetuosa, porque, como sucede con otros colectivos, nos olvidamos de quienes no se encuentran en la línea recta de la normalidad. Los outsiders, parafraseando el libro de Howard S. Becker , son quienes ponen en conflicto la supuesta normalidad en la que vivimos, son el reverso del espejo de una sociedad que, como sucede con los Wapamente en la novela, eleva ese concepto como axioma vertebrador de la misma. Son los Malpa o Karakul quienes luchan contra quienes imponen las leyes de qué está bien y qué está mal.Además de presentarnos una trama policíaca, lo que logra la novela de Andreu Martín es que miremos con otros ojos a aquellos que hemos apartado de la sociedad y veamos que, quizá, lo normal no es tan normal como habíamos pensado.

GUY DE MAUPASSANT: CAUSAS NATURALES, SUCESOS SOBRENATURALES, HECHO INEXPLICABLES

Cuando pensamos en narraciones extraordinarias o de terror, pensamos en Edgar Allan Poe, H. P. Lovecraft o Stephen King. No cabe duda que cada uno en su época ha dado notables narraciones de terror y, con toda seguridad, quienes quieran acercarse al género como escritores, también como lectores, deberán pasar por los tres autores norteamericanos. Sin embargo, Guy de Maupassant nos dejó uno de los relatos más estremecedores que se hayan escrito: La mano.

La acción del relato empieza cuando el juez de instrucción Bermutier se encuentra en la escena de un crimen rodeado de personas que se preguntan cómo ha sucedido tal crimen. La mayoría de quienes están ahí lo achacan a causas sobrenaturales, pero, rápidamente, el juez dice que él cree en las causas naturales, que están ante un crimen elaborado de manera sublime y que haríamos mejor en utilizar la palabra inexplicable cuando nos referimos a algo que nuestro entendimiento no comprende.

La narración continúa con la explicación de un caso sucedido a Bermutier cuando era juez en Ajaccio, capital de Córcega, donde, según relata el mismo juez, vio los crímenes más estremecedores de su carrera por, como dice, “esa manía de los corsos de creer que cualquier afrenta debe ser vengada”. Pero el caso extraordinario sucedió cuando un inglés, sir John Rowell, llegó a la isla. Se rumoreaba que “era un hombre notable que huía de su patria” y que había cometido un honroso crimen. Una noche, pasando por delante de casa de Rowell, Bermutier y el inglés hablan sobre los viajes que este había hecho por África. Rowell le enseña los trofeos de caza. Bermutier descubre con estrépito que entre ellos se encuentra una mano humana, cuyo aspecto tétrico, el juez cree que ha sido cortada con un hacha, sorprende a Bermutier. Al preguntarle por qué lleva una cadena y de quién era esa mano, el inglés responde que la mano era de uno de sus mejores amigos. Bermutier le dice a Rowell que no es necesario que mantenga la cadena de la mano, ya que esta no se va a escapar. A lo que su interlocutor le responde que es necesaria porque “la mano siempre quería escapar”. En ese instante, el autor introduce el elemento central de la narración, no tanto la mano, que por ser un trofeo y pertenecer a quien pertenece, ya es terrorífico o inquietante, sino el misterio, lo sobrenatural o inexplicable, de cómo una mano puede querer fugarse al haber sido arrancada de su dueño.

En este punto, el lector ya está mentido dentro de la narración, y lo que sucede a partir de ahí escapa de nuestro entendimiento. Una noche, Bermutier es avisado de que sir John Rowell ha sido asesinado. Al entrar en casa, se encuentra con el criado totalmente desesperado. Al ver el cadáver, se perciben signos de violencia, como si se hubiese librado una lucha terrible. El forense dictamina que sir Rowell ha sido estrangulado por “un esqueleto”. Al mirar a la pared, Bermutier se da cuenta de que la mano ya no está. Uno de los dedos de aquella mano se encuentra en el interior de la boca del difunto. Lo inexplicable, aunque nosotros empecemos a elucubrar posibles soluciones, del cuento de Guy de Maupassant quiebra nuestra razón. Ninguna puerta o ventana ha sido forzada, por lo que se descarta que alguien hubiese entrado. En su declaración, el criado cuenta que su amo había recibido, durante los últimos meses, cartas que rompía loco de ira para, acto seguido, golpear con una fusta la mano lacrada en la pared. Después de una serie de pesadilla, donde la mano es la protagonista de las mismas, Bermutier es informado de que la han encontrado sobre la tumba de Rowell y que le falta un dedo.

Quienes asistían a la narración de la historia, piden a Bermutier una explicación y este se limita a dar una explicación racional: “pienso que su dueño vino a buscar la mano”. A lo que sus interlocutores responden que no puede ser, que debe haber otra explicación. Esa otra explicación es la que el relato de terror nos permite pensar: la mano mató a Rowell. Nunca lo sabremos y ese es lo inexplicable del relato de Guy de Maupassant y que nos acerca a cierta inocencia infantil al punto de explicar cuentos de terror. Sin más alardes que una narración bien ordenada, donde el lector saca sus propias conclusiones y entra en el terreno de lo inexplicable, el autor nos confronta con nuestros miedos. Las personas que hay al lado de Bermutier escuchando la historia, pueden verse como metáfora de los lectores que están detrás del libro, cuya incredulidad concuerda con la nuestra. Dentro de la narración vemos verisímil que sea la mano la causante de la muerte de Rowell, que la venganza del amigo asesinado por él se extienda hasta la mano, la cual ha sido humillada por el inglés al colocarla al lado de los trofeos de caza.

Puede que el símbolo de la mano sea la mala conciencia de quien mata a su mejor amigo, el recordatorio del crimen que acecha al asesino y no le deja pegar ojo. Las cartas, elemento que nos hace creer que es el amigo de Rowell quien las envía, pueden ser de cualquier índole y no tienen por qué estar relacionadas con el suceso, aunque el inglés descargué su ira contra la mano con una fusta. El hecho, dice Bermutier, no es sobrenatural sino inexplicable. Sobrenatural sería si creyera que una fuerza superior a lo racional pudiera entrometerse en los asuntos humanos, pero es inexplicable porque, obviamente, no tiene una explicación. Guy de Maupassant nos enfrenta con los límites de la razón y nos hace caminar por la línea que la separa de lo irracional. A diferencia de los reatos y novelas de los tres autores mencionados anteriormente, La mano no tiene una explicación ya sea esta irracional o cósmica y eso es lo inquietante del relato: aunque pensemos en diferentes posibilidades no le podremos dar una explicación que llegue a convencernos. Esa mano nos perseguirá como persiguió a Sir Lowell hasta el día de su muerte sin que nadie nos diga quién acabó con la vida del inglés.

Los relatos de terror o fantásticos hacen que salgamos del mundo seguro que habitamos cotidianamente, aunque, en ocasiones, sean metáfora del mismo. Por ello, el relato del autor francés resulta inexplicable y abre puertas infinitas, como hemos dicho, para la interpretación. Eso es lo fascinante de La mano, la cual nos acecha entre las sombras de lo inexplicable, como les sucedió a Bermutier y al difunto Sir John Rowell. ¿Quién sabe? Quizá ella tampoco sepa cómo se llevó a cabo dicho crimen. La solución del crimen, aunque parezca mentira, está en la mano de los lectores.

GUSTAVO ADOLFO BÉCQUER: ALGO MÁS QUE GOLONDRINAS

Gustavo Adolfo Bécquer, del que hoy se cumplen 185 años de su nacimiento, es algo más que el autor de aquel poema que nos repitieron hasta la saciedad en la escuela o el instituto “volverán las oscuras golondrinas” y que recordamos cuando queremos hablar de él como aquel de “¿qué es poesía?”, y una pupila sobre una pupila azul. Aunque, quizá tengan razón quienes dicen que de un poeta tan solo quedan un par de poemas que todo el mundo recuerda y, a partir de estos, se crea una imagen, siempre sesgada, de su obra, Bécquer es más que eso. Quienes se decidan a la poesía y a la literatura, le deben mucho más de lo que creen al autor sevillano. Él es uno de los pocos románticos, si se me permite la expresión, puros que existieron en nuestra tierra y, aunque lo hizo a destiempo, en la época de Bécquer la corriente literaria imperante era el realismo, dicho autor escribe en la segunda mitad del s. XIX, es el precursor de la poesía moderna en castellano. Es decir, Bécquer sería un romántico a destiempo y algo más que golondrinas y pupilas.

Reducir a Bécquer a una cuantas aves, a unos cuantos poemas de amor o a una pupila azul sería un error, y sería hacerle un flaco favor a su obra poética que sobre todo es de cariz existencialista. Quizá el autor, aunque como se ha dicho, sea un romántico a destiempo, se adelanta a los existencialistas del s. XX cuando en su rima II dice: Saeta que voladora/cruza, arrojada al azar/ sin adivinarse a dónde/ temblando se clavará; en la primera estofa y en la última: eso soy yo, que al ocaso/cruzo el mundo, sin pensar/de dónde vengo a dónde/mis pasos me llevarán. También en la rima V encontramos dicha esencia existencialista cuando escribe: Yo nado en el vacío/del sol tiemblo en la hoguera/palpito entre las sombras/ y floto con las nieblas. La duda, la pregunta de qué es el ser humano desde el yo, nos muestra una individualidad naciente en un sistema cultural y social que está abandonando los viejos paradigmas clasicistas, tema al que ahora le damos un importancia predominante, la conciencia del ser humano ante la vida que, como diría, Miguel de Unamuno unos años más tarde: es niebla, es nada; en la su novela Niebla (Alianza Editorial, 2012). Por otro lado, Bécquer es un poeta que habla sobre la poesía, no solo en la popularizada rima XXI, de la que se debería hablar de un modo más profundo de cómo se habla en algunos foros, sino que en la rima I o en la rima V cuando en la última estrofa nos dice: Yo, en fin, soy ese espíritu,/desconocida esencia,/perfume misterioso,/de que es vaso el poeta. Por otro lado, para seguir con la estela existencialista del poeta sevillano, nos encontramos en la rima LXVI con versos que, dieron pie a un poema de Luís Cernuda, donde se vislumbra el existencialismo del que se viene hablando: En donde esté una piedra solitaria,/sin inscripción alguna,/donde habite el olvido,/ahí estará mi tumba.

Por tanto, se observa que la preocupación o temas del poeta son la inconsistencia de la existencia, la duda ante aquella pregunta que nos atraviesa, como si de un rayo se tratara, de ¿qué es la vida?, también en versos popularizados y casi memorizados por todos de Pedro Calderón de la Barca en el segundo monólogo de Segismundo de La vida es sueño (Alianza Editorial, 2013). Un trasunto este que es clave en la temática del romanticismo, del cual no nos hemos alejado aunque el mercado lo haya reducido a la cuestión del amor, un amor rosa chicle y de ínfima categoría comparado con lo que significaba para el romanticismo, aunque el tema principal de dicha corriente filosófica y artística no sea el amor, sino la libertad. De hecho, en ese periodo es cuando nacen lo movimientos nacionalistas y emancipadores de muchas de las colonias europeas en América y en otros rincones del planeta, por esa idea de ser libres, de decidir nuestro propio destino más allá de la concepción mecanicista o predeterminada que pudiera existir en épocas pretéritas. Es el romanticismo el que pone al ser humano ante el espejo de su nimiedad, de su virtualidad, si se me permite el anacronismo, en el que ahora también nos encontramos. Preguntarse quiénes somos es una de las consecuencias de la conciencia humana y, en los versos de Bécquer, se ve con claridad dicha preocupación.

Leer a Bécquer en nuestra época es ver la modernidad y la actualidad de sus versos que, aunque hayan pasado más de cien años, siguen vigentes. Eso, quizá, lo convierta en un clásico no solo de la Literatura española sino de la Literatura sin adjetivo nacional. Dentro del existencialismo que se viene apuntando, podemos entroncar a Bécquer, sin ruborizarnos e incurrir en ese vicio español del menosprecio por sí mismos, con autores como Søren Kierkegaard, Fiódor Dostoyevski, Friedrich Nietzsche o Jean-Paul Sartre por nombrar a los más representativos en dicho movimiento. La obra de Bécquer es una obra profunda como el pozo que se abre ante nosotros cuando tomamos conciencia de lo ínfimos que somos dentro de la vida. Él lo escribió cuando esa conciencia, al menos en España, estaba naciendo y, por tanto, es quien abre la senda para que otros, como se ha dicho con los versos de Luís Cernuda, la sigan y profundicen en la cuestión. El pensante y su sombra, parafraseando el título de un libro de Friedrich Nietzsche -quizá el último romántico de Europa-, es el trasunto de los poemas de Bécquer porque, dicho autor, dialoga con su sombra a través de la poesía, la cual vislumbramos mientras transitamos por las rimas que plasma el autor sobre el blanco de la página y de la existencia vacía porque, eso no se nos olvide nunca, somos nosotros quienes la llenamos con nuestras acciones, pensamientos y anhelos. Es decir, el sentido de la vida depende del que nosotros le demos. Por otro lado, Bécquer también nos hablar del Temor y el temblor, como haría Søren Kierkegaard al analizar desde una perspectiva ética el sacrificio de Isaac a manos de su padre Abraham, que nos sobreviene cuando nos enfrentamos a tales cuestiones. Para, finalmente, desembocar en la desilusión que se deriva de la persecución de la libertad, por ejemplo, en la rima XCVI, cuando escribe: De la carrera rápida/el término está aquí./Desilusión. No es lámpara ni estrella/la luz que hemos seguido: es un candil.

Pude que recordemos a Gustavo Adolfo Bécquer por los poemas que aprendimos en el instituto y por la imagen, en ocasiones, blanda, lánguida o ñoña que ha quedado de él, en las esferas populares; pero Bécquer, como se ha dicho, es más que todo eso. Bécquer es un poeta romántico y existencialista, un alma libre o un precursor del pensamiento y de la poesía que se hace hoy día, aunque hayan pasado 185 años de su nacimiento. Bécquer es quien permite a los poetas actuales hablar de los temas que se hablan, quien abre la senda para que pensemos en el vacío de la vida. El poeta sevillano nos muestra no solo su alma, sino el alma moderna o posmoderna, el alma individual que toma conciencia de sí misma.

Escribe Bécquer en la rima I: Yo sé un himno gigante y extraño/que anuncia en la noche del alma una aurora/y estas páginas son de ese himno/cadencia que el aire dilata en las sombras. Ese himno gigante es la poesía, nuestra alma, y a modo de como anunciaba el filósofo alemán el Übermensch, Bécquer nos anuncia el nacimiento de un nuevo ser, un ser humano libre y emancipado de las sombras que le asoman. Y qué mejor que el día de su nacimiento para recordarnos a todos que somos flechas lanzadas al vacío, que nuestras vidas, en ocasiones, parecen ir a la deriva, pero que siempre tendremos la oportunidad de cambiar dicha situación, aunque algunas veces nos venza el desánimo. En definitiva, como reza el título del artículo, Bécquer es más que golondrinas.

LA INFANTILIZACIÓN DE LAS EMOCIONES: LA SOCIEDAD HIPEBÓLICA

La sociedad hiperbólica funciona a pleno rendimiento y nosotros le hacemos el juego. ¿Alguna vez nos preguntamos por qué debemos correr, consumir o experimental tanto? Si fuéramos capaces de no lanzar balones fuera -no todo lo que nos sucede son los demás, aunque siempre hay porcentajes entre lo interior y lo exterior-y tuviéramos la honradez suficiente de responder que no sabemos por qué actuamos cómo lo hacemos, veríamos que nos hemos dejado arrastrar por la rueda social con la inocencia e ilusión, también credulidad, de un niño que quiere ser malcriado. Se escuchan decenas de discursos sobre cómo debemos actuar; discursos felices, a priori, en la sociedad de la apariencia. ¿Acaso alguien duda de que el verbo que menos se conjuga es el ‘ser’? La extrema positividad, como la llama Byung-Chul Han, provoca que seamos transparentes, o nos queramos mostrar de ese modo, hasta proyectar una imagen pornográfica de nosotros mismos. Los centenares de movimientos de nuestros dedos, las carreras por los entornos urbanos, la distancia virtual con los seres que nos rodean, el discurso de que todos podemos hacer de todo son los últimos baluartes conquistados por el sistema o ideología (no se sabe si capitalista, neoliberal o absolutista) que nos circunda. Nos hemos vendido lo último que teníamos por vender, la conciencia. Nos han comprado porque hemos aceptado el precio: el cobijo de la burbuja social, como diría Zygmund Bauman. Para permanecer donde estamos, no movemos un dedo para cambiar la situación. Además, se ha instalado el discurso de que es imposible cambiar nada, de que para qué nos vamos a mover si “ellos”-siempre hay un “ellos”, un enemigo que no conocemos- nos mueven como quieren. ¿Acaso somos tan indolentes que no queremos movernos por nosotros mismos? Quizá sea más cómodo, como los niños, que otro nos mueva y nos provea, que buscarlo por nosotros mismos. Pero eso hace que nos hayamos convertido en infantiles consumidores que no pasan de la pataleta cuando el mundo no es cómo se imaginan y esperamos que “ellos” nos lo den.

Sin embargo, el conjunto de la sociedad, por muy alejados que nos sintamos de la decisiones políticas, sí somos responsables de la sociedad que tenemos y ante la baja queja que existe, insisto no confundir queja con pataleta, parece que nos parece correcto mientras no nos quiten los juguetes, también emocionales, que tenemos. Quizá por ello, a quien se queja o cuestiona el orden establecido se le ataca, pero no con argumentos, sino con miedo, resentimiento y envidia. Ya se comentó en otro artículo que todos en el mismo lodazal, es el argumento de los resentidos y cobardes que temen que su amo los castigue. Por otro lado, no debe confundirse a las personas educadas y amables con personas sumisas, sino con eso: educadas y amables. La razón o la conciencia, dígase como se quiera, está en vías de extinción, porque nos hemos vendido al impulso, a la hipérbole. Y dicha sociedad hiperbólica se sustenta, entre otros aspectos, en la dinamización o distracción de quienes viven en ella. Resulta curiosa la proliferación de festivales, convenciones, espectáculos y eventos varios que generan, como se ha venido observando, frivolidad como careta social. Los individuos de la sociedad hiperbólica son ególatras, individualistas, hasta desentenderse de los vínculos emocionales con los demás, siempre y cuando no respondan a sus expectativas. Esto hace que nos deshagamos de los demás como si fueran objetos o, por el contrario, que estemos esperando a ser adquiridos por alguien. ¿Acaso se piensa que ciertas aplicaciones para conocer gente no son un mercadillo de emociones y cuerpos donde cada uno de los objetos expuestos muestra su mejor versión? ¿Acaso eso no es superficialidad? Eso deriva en actitudes de tiranos consumistas y actitudes de productos esperando a ser adquiridos. Pero eso es también parte del sistema social en el que vivimos, de la sociedad hiperbólica y del alejamiento y de reclusión en las cuatro paredes de nuestro cráneo.

Dicho mercadeo emocional deriva en las actitudes que podemos observar por la calle. Personas agresivas, que se maltratan y maltratan a cuantos quieren, por el hecho de haber perdido el contacto con la vida, porque, eso debe quedar claro, la vida no está recluida entre cuatro o cinco o seis pulgadas, sino lo que se encuentra encerrada es nuestra capacidad para sentir. Entonces, la respuesta es la hipérbole, la exageración, de nuestros sentimientos como si nos encontráramos en el peor de los melodramas o teleseries de cuestionable catadura moral. Por otro lado, el maltrato también ha caído en la superficialidad. Se puede decir que la violencia se ve como algo normal, que la violencia es lo que sufre uno y no lo que infligimos a los demás con nuestra actitud entre condescendiente y tirana cuando, por ejemplo, esperamos que los demás se aparten porque queremos pasar por el mismo lugar que ellos. Resulta evidente que muchas de las personas que circulan por la calle no ven a los demás y, eso no las convierte en mejores o peores, sino en inconscientes, en egoístas, en seres supuestamente estresados, cuando la mayoría tenemos el estómago lleno y buscamos la autorrealización. Pero incluso para eso hay que tener conciencia y saber cómo se utiliza. La sociedad hiperbólica lo usa como excusa para usurpar el alma de quienes viven en ella y quienes viven en ella lo usan como excusa para convertir la libertad en una suerte de tiranía del yo. En dicha sociedad, se ha perdido la perspectiva de lo comunitario, a menos que no sea para ensuciar las calles, mearse en alguna estación de metro o vomitar lo primero que se nos ocurre sobre los demás, aduciendo a la libertad de expresión, como se dice, confundida con la tiranía de mi centro, que soy yo, yo y nada más que yo. Por eso, las personas pueden exagerar sus emociones hasta llegar a la vergüenza ajena que, aunque sea en ocasiones una sensación de soberbios, deja en evidencia su malestar en la cultura, parafraseando un libro de Sigmund Freud.

Como se ha hablado en otras ocasiones, es el impulso el que nos gobierna. Dicha actitud crea frustración cuando se choca con la dura realidad de que, por mucho que queramos obviarla aún existe, no somos el centro del universo, creo que esto ya lo demostró Copérnico. Vivimos, queramos o no, en comunidad con otros seres humanos, sino nos hubiéramos extinguido antes de lo que nos extinguiremos, y esa es la base para que lo que construimos se denomine sociedad. Por mucho que queramos que los demás no nos vean, que nos escondamos en nuestros cachivaches electrónicos o en nuestras excusas de malos pagadores vivimos en sociedad y para tener lo que tenemos entre las manos debe ser así. No hay otra opción que el entendimiento entre las diferentes partes de una comunidad, sin embargo, la falta de conciencia comunitaria y la sobresaturación de conciencia individual ha hecho que nos creamos únicos e intransferibles, eso no quiere decir que no tengamos particularidades, y no veamos la sociedad tiránica que estamos construyendo entre todos.

La sociedad hiperbólica se alimenta de nuestro miedo y de nuestra avaricia, de nuestra individualidad desbocada y sin freno, que deriva en aquello de “que me importa lo que le suceda a los demás”. Es decir, falta de empatía y de tacto que se torna utilitarismo radical y reaccionario, comercio barato, porque en el fondo nos vendemos por cuatro aparatos, y no buscamos respeto y compartir la vida con los demás. Una suerte de mercado, como se ha dicho más arriba, donde exagerados todos encontramos más exageración y tiranía, sobre todo, emocional. La hipérbole no solo está en los medios de comunicación, en los mensajes de dichos medios, en las aplicaciones móviles, en las Redes Sociales, sino en nuestra desconexión aceptada con la vida. Quizá la miseria que se desliza por las calles no fuera tanta si fuéramos capaces de comprender a los demás, de mirar más allá de las narices y no dejarnos colocar un yugo de unas cuantas pulgadas. Quizá de ese modo, podríamos volver a la reflexión y al pensamiento, como se ha dicho, antes de actuar. Puede que los avances sociales que tenemos no hayan servido de nada porque no hemos reflexionado acerca de cuáles son los buenos o los malos usos de dichos avances. Un móvil, un ordenador o una Red Social, entre otros, no es bueno ni malo sino que dependerá su mayor o menor perversidad en cómo se usa y para qué fines se utiliza. Si el fin es la superficialidad, el secuestro o el chantaje emocional, está claro, al menos que nos hayamos vuelto locos, que ese no es el buen uso, si, en cambio, el uso es el acercamiento entre las partes que integran una sociedad, el avance en la emociones respetuosas y la curiosidad, no el morbo, quizá esos si sean algunos de los buenos usos que la sociedad hiperbólica con su exageración no nos deja ver porque hemos caído en aquello que decía Séneca hace diecinueve siglo: quien habla rápido y en voz alta nada tiene que decir. Y en dicha sociedad hiperbólica nadie dice sino ladra y aúlla pero no a la luna sino a sus semejantes y a su frustración y resentimiento.

LA IMPERTINENCIA DE LOS NECIOS

Según el Diccionario de la lengua española, impertinencia es algo dicho o hecho fuera de propósito o una importunidad molesta y enfadosa. En ocasiones, nos habremos topado con personas impertinentes o, dicho de otro modo, con personas que se han metido en camisas de once varas cuando hablan, sobre todo hablan mucho, de lo que no pueden. Es frecuente en esta tierra de España, parafraseando a León Felipe en su poema ¡Qué lástima!, la impertinencia moral o moralizante, aquella que con el dedo índice recrimina, sobre todo, faltas de los otros. Quizá nadie, aunque lo menten algunos que se las dan de eruditos, les haría bien leer Los eruditos a la violeta de José Cadalso, y poco saben de lo que hablan, recordar cierto pasaje del Nuevo Testamento donde se menciona una viga y una paja (Mateo 7:3-5). Porque, siguiendo los pasajes de la escrituras, tan en desuso por haber sido usurpadas por una parte de la sociedad, la impertinencia tiene mucho que ver con la hipocresía. Sobre todo, la hipocresía del que creé que nunca comete faltas o que su vida es un camino de perfección.

En el oficio de la escritura, sucede en muchos otros, es corriente la presencia de impertinentes necios. Estos son los que cuando leen un libro están buscando los fallos más que los aciertos, como si, en algún momento, se les hubiera pedido tal opinión o creyeran que son capaces de hacer una crítica literaria más allá del qué bonito o qué malo o, este es un clásico entre los necios, yo hubiese hecho esto y no lo otro, como, repito, fueran capaces de ponerse en la piel de alguien que escribe una novela, un relato, un poema o un ensayo, entre otros géneros literarios. Suelen ser personas con más ínfulas que estudios, con más ganas de sancionar al vecino por hacer algo que ellos envidian, que no en sentarse con humildad y entender lo que se les estás narrando. Obviamente, un escritor no es alguien infalible y comete errores, pero como todo el mundo y, antes de emitir un juicio crítico, estético o de valor sobre en una obra literaria hay que saber si se es un lector, además en qué grado de lectura se encuentra, es decir, qué es lo que ha leído, o un crítico que, aunque a los artistas les duela, se basa en criterios literarios, aunque los haya de todos los tipos. Cosa diferente es el autor que no quiere aprender, que creé que nació sabiéndolo todo, pero de la soberbia y la megalomanía de los escritores ya se hablará en otro momento.

Es también clásico entre los impertinentes necios, dar consejos sin que nadie se los pida. Aquí vendría que ni pintado el refrán “consejos vendo y para mí no tengo”. Existe esa manía de cuando alguien está hablando sobre un tema relacionado con su persona que el interlocutor esté pensando en la respuesta que le va a dar, se comentó en otro artículo que quizá esa persona solo quiera ser escuchada, pero es afición del impertinente moral dar consejos a los demás, cuando, como en el refrán, su vida no es un dechado de virtudes. Sobre todo, sucede con las personas que no tienen vidas, como diría Séneca o cualquier filósofo estoico o clásico, tendientes a la virtus o, en griego, la areté. Suelen ser personas aburridas, frustradas o resentidas con el mundo, seguramente no llegaron a lo que querían llegar en sus húmedos sueños adolescentes, y que creen que, por algún motivo extraño, los demás necesitan de sus consejo que, en la mayoría de las veces, no dejan de ser moral cristiano-católica de la más recalcitrante, ñoña e insulsa. Personas que con sus peroratas moralizantes piden hundir los sueños y esperanzas de otros, si no se tiene un carácter fuerte y una autoestima de dios griego, cosa que es difícil tener en un mundo donde recibimos órdenes contradictorias constantemente y donde se sanciona a quienes están seguros, desde una moral de nobles como diría Nietzsche, de sus potencialidades.

Esta última también es la razón de la existencia de tantos impertinentes morales o necios con voz en nuestra sociedad: arrastrar a quienes quieren salir de la mediocridad, lo soez y vulgar a su mismo nivel, en lugar de aprovechar las sendas abiertas por otros para su progreso emocional, intelectual o moral. Pero sucede que en los impertinentes también hay mucho de cobardía y miedo de que se les deje en evidencia. Si se descubre, por alguien que ha salido del lodazal donde se encuentran estos, lo paupérrimas que son sus existencias, lo vacíos que están y lo mucho que carecen de vida interior, los impertinentes quedan en evidencia. Quizá por ello, atacan a las personas que no son como ellos, otra de las características de la moral de esclavo es el resentimiento, y cuestionan sus aspiraciones con frases: eso no lo vas a lograr o estás loco por pensar que puedes conseguirlo o, la pregunta en la que se descubren sus frustraciones e ignorancia: ¿esto para qué sirve? Dichas personas son los palos en las ruedas del crecimiento vital del resto, son los guardianes de la mediocridad y la desfachatez. Todos en la misma miseria, ese sería su lema, como si eso fuera democrático o un derecho constitucional.

Sin embargo, con el tiempo se aprende a detectarlos y, sobre todo y muy importante, a desactivarlos. No es un trabajo fácil, ya que como se ha dicho vivimos en un mundo de inseguridades y de sanción de personas libres, pero si se abren bien los oídos y los ojos, y se desmontan sus argumentos con la constancia de caminar hacía donde queremos, sabiendo que algunas veces se pude conseguir y otras no, es decir, asumiendo en un mundo donde parece que todos triunfen los fracasos y las crisis. Huir de los impertinentes, de los necios y frustrados es, no la clave del éxito, sino el principio para poder respirar y escuchar nuestra voz. Dejémoslos que se quemen en su hoguera de vanidad e inseguridad, en el fondo son personas tan inseguras como el resto, y sobre todo de cobardía ante cualquiera que demuestre cierta ambición en sus propósitos. Abandonemos a esas personas a su suerte y no miremos atrás, rodeémonos de personas que sí nos valoren, que sí comprendan nuestras palabras y que, en los momentos decisivos, nos apoyen sin mentirnos. Los impertinentes y los necios no desaparecerán, pero, al menos, podemos decidir no dejar que contaminen aquello de lo que carecen: el valor de atreverse a ser quien se es.

LA USURPACIÓN DE UN TÉRMINO: CULTURA

Aquello que un sector de la sociedad entiende por el mundo de la cultura siempre me ha sonado como una idea excluyente y elitista; ahora también en manos de supuestos intelectuales de izquierdas, clase media o trabajadora. Será porque vengo del mundo de las ciencias sociales, también de las humanas, dos conceptos que bien merecen también una revisión, que llamar cultura a una parte de la actividad humana me parece sospechoso. Algo así, de ahí viene, como cuando se dice que alguien tiene cultura o viene de una cultura inferior. Cultura es todo aquello que el ser humano realiza fuera de la Naturaleza y, aunque nos parezca mentira, incluso ir al baño lo hacemos de forma cultural. Para que exista cultura hay que tener conciencia del acto que se lleva a cabo y pensar sobre él. Es decir, cuando alguien inventa utensilios para cortar carne, por ejemplo, y llevárselos a la boca para no mancharse las manos ahí hay cultura; cuando alguien confecciona piezas de ropa, piel falsa, para no pasar frío o por razones estéticas ahí hay cultura y así, como se ha dicho, para cada una de las actividades humanas. ¿Por qué entones unos son el mundo de la cultura y otros no?

Siguiendo un poco la línea trazada por el arte y, sobre todo, la apropiación de ella por ciertas clases sociales, empezamos a acercarnos a qué se entiende por eso llamado cultura ¡qué incluso tiene un ministerio! y que según dichos intelectuales excluyentes aunque, repito, ellos crean lo contrario debe, como derecho universal, ser defendido a capa y espada, eso sí, previo pago de la subvención de turno. Fue en el s. XIX, ya antes en el s. XVIII se incubó el germen, por antropólogos británicos como Edward Burnett Tylor , que empezó a buscarse una definición de Cultura en contraposición a Naturaleza o estado de naturaleza. Dichos conceptos, tremendamente clasistas y racistas, querían diferenciar el ser blanco, masculino y europeo de lo que Jean-Jacques Rousseau, por ejemplo, llamaba el buen salvaje; definición dada por Tomas Moro en Utopia y combatida por Fray Bartolomé de las Casas en su Brevísima relación de la destrucción de las Indias en 1552. De ese modo, filósofos como René Descartes, David Hume o Julien Onffray de la Mattrie en su El hombre máquina indagan en la cuestión, ya que si esos seres descubiertos albergan algo parecido a un alma, entonces, tenían cultura. Parecía que no les bastaba con que construyeran casas, cazaran o tuvieran una lengua propia, sino que debían demostrar algo más para que fueran consideradas personas.

Como se ha mencionado, durante el s. XIX la Antropología, cuyos inicios sirvieron para que, sobre todo, el Imperio Británico recabase información sobre los pueblos colonizados o próximos a colonizar, se dedicó a buscar culturas, y su definición de esta amplió el abanico de lo que se entendía como tal. Con el paso de los años, s. XX, un grupo de personas se apropió, como habían hecho aquellos a los que decían combatir, del término cultura. Artistas, intelectuales acuñaron el término para definir su actividad. Puede que en los inicios no se separara de eso modo cultura del resto de actividades humanas, pero como cualquier grupo que adquiere cierta notoriedad incurrieron en los mismos vicios. Ellos eran la cultura, los garantes de ella, los importantes para el progreso -otra idea sospechosa. Se instucionalizó dicha definición, cayendo en el olvido la otra o siendo sustituida por otra que no se ajusta del todo: sociedad. Sin embargo, sociedad y cultura, aunque en ocasiones se utilicen indistintamente, no son lo mismo. Sociedad son las interacciones, la estructura, que se dan en cierto grupos humanos y en un territorio determinado; en cambio, cultura sería lo que envuelve aquella sociedad para que se diferencie de otra y no solo el idioma, sino costumbres, usos, creencias, modos de actuar.

Con la eclosión de sociedad de masas y de lo “pop”, terminó por asentarse el término cultura referido al arte, a los servicios que nacen alrededor de él o para el mundo del conocimiento. Así pues, no solo se considera cultura las creaciones artísticas, sino también los equipamientos y las personas o empresas que trabajan para dicha actividad. Así pues es el capital y su apropiación del término quien pervirtió la palabra. Tal hecho da vía libre para que dentro de la Cultura exista algo llamado mundo de la cultura, como si ese mundo, tal y como sucedía con los monasterios o academias en tiempos pretéritos, sea el único que conserva la cultura o la hace progresar con sus acciones, mereciendo cierto trato de favor. Quizá los términos erudición, sabiduría, creatividad, entre otros, se ajusten más. Pero, seguramente, si existiera un ministerio de la erudición, la sabiduría o la creatividad nos daría la impresión de que estamos en 1984 de George Orwell o en Farenheit 451 de Ray Bradbury, entre otras novelas.

Así pues, se confirma la sospecha apuntada al principio del artículo: el mundo de la cultura ha usurpado el término. Eso hace que huela a elitismo o superioridad moral frente a otros que no participan de este, por mucho que digan lo contrario y se tengan postura inclusivas, y se llame cultura a un grupo reducido de la sociedad. Cada uno siga utilizando el término como quiera, aquí solo se apunta una posibilidad, pero que se tenga en cuenta que no solo ellos pertenecen al mundo de la cultura, sino que todos somos cultura, se realice la actividad que se realice.

AGRESIVIDAD, ALGO MÁS QUE UN SÍNTOMA

El mundo se nos está quedando agresivo. Se pueden observa con demasiada frecuencia actitudes agresivas y violentas en el comportamiento de los personas. Hay quienes lo achacarán al temperamento sanguíneo de la sociedad española, hablo de ella porque es la que mejor conozco, en definitiva, de lo pasionales que somos al hacer. Pero nada más alejado de la realidad. También, en los tiempos que corren, se vincula dicho fenómeno al tiempo que llevamos confinados y a la poca libertad que tenemos para nuestros movimientos. Y, aunque esto sea cierto en parte, la pandemia no ha hecho más que sacar a la luz nuestra verdadera naturaleza, además de una tendencia que se veía desde hacía años. Fue la primera vez que alguien me increpó en el metro por no salir rápidamente del vagón para que él entrara, cuando vi claro que algo no funcionaba en los seres humanos que me rodeaban. ¿Acaso la norma no era dejen salir antes de entrar? Pero esa persona, como otras muchas que esperaban ansiosas en el andén la llegada del tren, creía que la norma era a la inversa. Seguramente, ensimismado en su mundo de prisa impostada, agresividad desmedida y virtualidad idiotizante, no se dio cuenta de que estaba frente a una persona y no podía tratarla de ese modo.

Por otro lado, los empujones para conseguir un sitio en el vagón, sin tener en cuenta a las personas que tienen preferencias por razones de edad, por ejemplo, o los gritos e insultos proferidos a terceras personas desde sus teléfonos móviles o las actitudes chulescas de quienes no tienen nada mejor que hacer que buscar pelea, hacen que se sienta dicha tendencia como la norma general y aceptada por todo el mundo. También, se tiene esa actitud en las Redes Sociales, donde el exhibicionismo emocional, para despertar envidias o aparentar vidas que no se tienen, viene acompañado de un poso de agresividad desmedido. Como dicen algunos psicólogos sociales: el anonimato de dicha tecnología hace que digamos sin pasar lo dicho por el filtro de la razón. Parece que debe ser así, que debemos ser agresivos, sobre todo, con quienes no comprendemos, y aquello que no comprendemos debemos atizarlo con un palo como hacen los simios en nuestras representaciones cinematográficas. Se ha vendido la razón al impulso más bajo y miserable, incluso quienes dicen ser intelectuales o concienciados sociales o hablan por mor de la libertad, esa que entienden como soltar el primer exabrupto que se les pasa por la mente, incurren en los mismas faltas de respeto que aquel hombre del metro. Algunas veces, se ha escuchado que esa actitud, la del exabrupto y la agresividad, se la llama autenticidad y, aunque puede que tengan razón quienes lo defienden, no se dan cuenta de que la autenticidad que proyectan es la miseria humana. Se nos enseña a ser miserables (no generosos), mezquinos (no libres), competitivos (no deportivos), esclavos (no nobles) y agresivos (no amables), por no se sabe qué idea de todos contra todos.

El individualismos nos lleva a lo que Gilles Lipovestky llama la Era del vacío o lo que Richard Sennet llama La corrosión del carácter. Nuestras vidas están siendo carcomidas por la agresividad y el alejamiento que sentimos respecto a los seres humanos no hace más que ahondar en este vacío de valores. Vemos a los demás como seres que deben satisfacer nuestras necesidades (Byung-Chul Han, La agonía del Eros, Herder, 2015). Así como hacemos con los objetos, nuestras relaciones personales se convierten en transacciones económicas y, el hecho viene observándose desde hace tiempo. Creemos que no debemos comunicarnos con los demás que, como aquella personas del metro, solo con mirar, los demás se apartarán de nuestro camino. ¿Alguien se ha dado cuenta de cuantos niños lloran desconsoladamente por la calle? ¿Acaso alguien se ha fijado qué están haciendo su progenitores para que estos lloren? Viven en sus mundos paralelos y virtuales. La generación a la que pertenezco -siempre habrá alguna excepción aunque no tantas como se cree, ya que este es otro fenómeno que he observado, cuando a alguien se le dice que se deja llevar por sinergias sociales estudiadas y contrastadas por sociólogos, entre otros profesionales, dicen que ellos no hacen eso- han educado a sus hijos desde el más profundo egoísmo. Vivimos en la época de la eterna juventud, todos quieren ser o comportarse como niños y, en dichas circunstancias individualistas, la descencia es un inconveniente.

Los mensajes que recibimos desde los medios de comunicación tampoco son halagüeños, ya que solo es necesario echar un vistazo a cualquier canal de televisión, incluso los que dicen ser más moderados incurren en los mismos vicios, para darnos cuenta de que la agresividad lo impregna todo. ¿Es necesario que solo se destaquen las noticias donde la agresividad, la violencia o la desgracia son el principal motivo? Eso no quiere decir que debamos vivir en mundos paralelos, pero, de vez en cuando, algo amable no estaría de más. Incluso esa misma noticia escabrosa podría tratarse de otro modo. Pero parece que queramos vivir en la violencia y que sea necesario que salgan a la luz comportamiento que deberían estar extinto, al menos, de los seres que se jactan de ser civilizados. La amabilidad parece que ha muerto o que se ha ido de vacaciones, y no le echemos solo la culpa o responsabilicemos a los demás, sino que miremos dentro de nosotros qué hacemos para que la tendencia pueda revertirse. Incluso para ser agresivo o maleducado se necesita saber estar o elegancia. Parece que quien tenga o aspire a una vida tranquila y ordenada, a unas costumbres o modos de actuar amables es poco menos que un perdedor, cuando, de eso no se dan cuenta, quien sale perdiendo es el agresivo por método.

La agresividad puede ser entendida como el síntoma de una sociedad aburrida y que ha dejado de sentir. Es decir, necesitamos impulsos mayores para que se nos abran los ojos, de ahí el sensacionalismo de algunos movimientos sociales. Pensemos en las campañas de sensibilización para reducir los accidentes de tráfico o en los mensajes impresos en los paquetes de tabaco. Con las palabras no alcanza, es necesario que hayan imágenes y cuando más escabrosas mejor. ¿Acaso no nos damos cuenta de lo que esto significa? Somos insensibles y seguimos insensibilizándonos con más contenidos agresivos. La sangre, las vísceras, las pústulas ya no nos dicen nada, no existe acercamiento a esto, sino alejamiento, distancia, porque no lo olemos o lo tocamos, sobre todo esto último. El tacto ha desaparecido de nuestras vidas y eso sí es peligroso. Sin tacto no hay empatía, no hay piedad o amabilidad posible porque el otro es un objeto, una distancia o un ser virtual y eso nos convierte en seres incapaces de compasión, piedad o comprensión del otro.

En suma, la agresividad no es un síntoma sino la enfermedad de la que adolece una sociedad que se dice en decadencia, y nos dejamos arrastrar por la deriva de las emociones no filtradas por el entendimiento. La conciencia se ha convertido en algo exótico en los seres humanos y con tal perspectiva el porvenir se presenta bastante oscuro. Quizá sí haya personas que no crean en dicha agresividad, pero está claro que el paradigma es el del reptil que agrede si le agreden, el de la competencia por la competencia, el de la lucha entre iguales (vengan de donde vengas todos los seres humanos somos iguales, aunque como sucede en Rebelión en la granja, pensemos que hay algunos más iguales que otros) y no el del, se suponían, seres racionales y civilizados que solucionaban sus diferencias de forma dialogada y empática.