Cuesta seguir viviendo cuando la existencia se torna ruido, 

y se comparte con bestias consentidas y criminales. 

Y dirán mis vecinos:

—sí, siempre parecía triste.

—sí, siempre caminaba con una libreta y un libro. 

—sí, lo vimos llorar mientras escribía. 

Ese gris transeúnte no soy yo solamente,

somos los que sufrimos subcutanemente 

y que, a pesar de la intemperie urbana, 

no nos arrepentimos de seguir viviendo, 

por mucha soledad sucia que llueva, 

por mucho perro ladrando entre barrotes, 

seguimos caminando

para encontrar un lugar donde escribir

sobre la machacona cantinela 

de quienes se hacen llamar víctimas

con el estómago lleno y los privilegios intactos. 

Porque, eso ya lo sabías desde que naciste, 

aquí se compite por ser el campeón de la miseria,

          de la enfermedad, 

          de la desgracia. 

Porque tú nada sabes de la vida, 

porque tú solo escribes y caminas, 

porque tú…

Y así, los otros son los mártires,

      los abnegados ciudadanos, 

      los productores, 

      los enriquecedores de tiranos. 

Y tú solo pareces triste, 

caminas en silencio con la mirada atenta

y oyes la sinfonía de la frustración, 

    del tedio, 

    del hastío 

de quienes hacen cola en la administración de lotería

esperando que la suerte les sonría

con sus dientes podridos, 

con su vergonzante andador

como los mendigos que antes iban a la Iglesia,

y rascar una moneda de la mala conciencia del ricachón de turno;

hacen cola, también, en la sucursal del banco

y rezan para que todos paguen

—no sea que alguno se rebele y quede en evidencia el miedo—

para que los señores del aire

sigan ahogándonos con sus manos invisibles

—¡pobre Adam Smith y su metáfora!—

Y sintamos que seguir viviendo no es una decisión

sino una obligación pagada en cómodos plazos.

En los días en los que dejo 

a mi alma libre de voces impertinentes

            de sabiondos de rebajas

de humilladores de la palabra precisa

o el discurso breve, 

me apetece poesía. 

Son esos instantes en los que no tengo miedo

de decir aquello que lo más callan

por connivencia con el Mercado o los mercaderes

—aún no entiendo la diferencia—

porque sus gargantas tienen patrocinadores.

Me apetece poesía silenciosa

                  en voz baja

y refugiarme en la terraza de bares 

donde la existencia se me presenta

algo manchada con el óxido de la desidia. 

Es ese hastío el que no se atreven a narrar

quienes fingen rabia, dolor o sufrimiento

porque sus páginas esperan ser compradas 

por cualquier postor que les asegure

los complementos necesarios para parecer poetas. 

Poetas urbanos, modernos o, 

los más engreídos, del pueblo 

se hacen llamar o se autoproclaman

mientras, desde altares periféricos, 

compiten con la escarcha

y son aplaudidos por mancos compañeros. 

Me apetece poesía en la parte trasera del mundo, 

versos irregulares, imperfectos, 

que no pretenden más que liberar mi alma 

de visiones horribles, 

      dislocadas; 

alejarme de los autómatas coetáneos

y mostrarme que la poesía no tiene precio, 

        que la poesía es una voz libre

porque entre estas páginas 

no se juega a los poetas. 

En días como estos, 

me apetece poesía

y luego callar. 

Me pregunto, si hay algo más que miseria por narrar. 

Miseria moral, miseria cotidiana, miseria de pareceres, 

      de tecnología. 

Miserables rutinarios que avanzan en los días

ignorando la muerte

porque no sucederá, 

porque eso le pasa a los demás. 

En cambio, 

más allá de la poesía raquítica de escaparate

existen narradores que no sufren por método, 

y letras honradas brotan de sus almas

porque saben que no hay premio en la escritura, 

porque saben que los miserables

se plantan gafas sin cristales

y como carniceros soberbios 

descuartizan materias que ignoran. 

¡Es tan fácil escribir cuando uno se cobija

en los deseos de las medianías!

¡Es tan fácil —exiguo a la vez—

el aplauso cuando se dice lo que se quiere escuchar!

Los poetas no escriben con los tiempos, 

sino que escriben los tiempos, 

    las épocas, 

    los sucesos. 

Por eso, se les llama locos.

Por eso se sienten cómodos en la locura

que los alumbra en su silencio. 

No, no solo se pude narrar miseria. 

Se puede narrar por encima, más allá 

y observar como aquel emperador 

la ciudad incendiarse 

sabiendo que esas llamas 

ya las escribieron hace siglos. 

Nunca tuve alma de jardinero. 

Quizá por ello no pierdo tiempo practicando actitud tan cruel

como amputar las malas hierbas de mis versos. 

Llamarlos versos

ya me parece un atrevimiento, 

pero existen tantos atrevidos sin motivos 

entre quienes se hacen llamar poetas

que, aunque me sonroje al escribir, 

sigo la senda que la tinta marca

en las libretas baratas donde derramo mi alma. 

Quizá, porque no tengo alma de jardinero, 

hay quienes se atreven 

—ya dije que hay muchos atrevidos—

a decir que no soy poeta

o, al menos, no tan poeta como ellos. 

¡Qué digan lo que quieran!

Si hablo en voz baja

es porque no me fío de su tijeras

llenas de deudas

y de servidumbres. 

SALVAR EL ALMA, SALVARNOS

Desde que venimos al mundo, se nos prepara para que seamos productivos y poco se preocupan por nuestra alma. El mundo en el que vivimos está construido entorno al rédito y el rendimiento, y dicho conceptos se extienden a casi todas las esferas de nuestra existencia. Somos capital humano, recursos humanos, un eslabón en la cadena de montaje —ya sea esta una oficina, una fábrica o una escuela. Deshumanizados todos, somos lanzados a la existencia con pocas herramientas en el alma, y solo esperamos que alguien nos dé un empleo para demostrar que no somos unos vagos o unos vividores, que estamos ansiosos por hacer —ese hacer imperativo de época— y sentimos remordimientos cuando no estamos activos o, simplemente, nos aburrimos porque no nos han enseñado a hacer nada con el silencio. Incluso el ocio debe ser activo. De ahí los centenares de eventos, de festivales, de ferias, de viajes a lugares recónditos del mundo o en hoteles donde se nos da todo lo necesario como si fuéramos no natos que deben alimentarse a través de un cordón umbilical. Somos útiles, sino no somos. Trabajamos no para modificar el medio o para dignificarnos o realizarnos como seres humanos, sino para tener dinero para pagar la fiesta de otros, por ejemplo, los viajes a la luna del ricachón engreído de turno que está muy agradecido porque compremos y compremos, mientras él se enriquece y enriquece a nuestra costa. Sobre todo, comprar cosas, muchas cosas, y cuanto más cosas sean mejor. Inservibles, inútiles —aunque se nos haya convencido de todo lo contrario— y estar enganchados a las últimas novedades, porque la novedad, lo actual, aquello que pasa de moda a los cinco minutos es una de las piedras angulares del consumismo, para que se puedan inventar más inutilidades y fruslerías, y así la rueda siga girando. 

De que tengamos esas necesidades, se encargan, como es sabido, los centenares de inputs que recibimos cada segundo, el impulso de adquirir, de poseer, de aparentar prestigio a través de los objetos. Cuantos más objetos poseas más serás, y cuanto más caros aún mejor, porque aunque sea una tontería lo que tengas entre las manos, si es caro es que lo necesitabas, y seguro, eso también es un bulo, será de mejor calidad. Para que esto sea de este modo y funcione armónicamente se encargan las instituciones sociales, como los centros de educación o, mejor sería llamarlos de adiestramiento. Si echamos un vistazo a lo que se enseña dentro de las aulas a las nuevas generaciones, nos daremos cuenta de que se les prepara para ser, como se ha dicho al principio, productivos. Esclavos del sistema, y todos bien alineados detrás de la raya de la normalidad, no sea que alguien se salga y debamos inventar un síndrome o una enfermedad para ese disidente que quizá tenga una capacidad intelectual o emocional por encima del resto no nos agüe la fiesta. E incluso, lo perverso del sistema ha llegado a edulcorarlo de tal modo que parezca que los profesionales de ese ámbito estén implicados cuando se nos habla de respeto, de tolerancia, de nuevos retos en la educación. Pero esos nuevos retos, por muy buenas palabras que tengan, por mucha transversalidad, interdisciplinariedad o pedagogías de tintes progresistas sirven al mismo amo que han servido siempre, y pocos son quienes luchan realmente para que el paradigma del esclavo adiestrado cambie. Ellos dirán que es muy difícil enfrentarse al sistema, y que los ministerios son quienes marcan las agendas y los temarios. Eso es cierto, pero no menos cierto es la capacidad del ser humano para decir no a lo que cree injusto. Si ellos no se hubieran creído el discurso, no lo pasarían como una pelota caliente a quienes adiestran, se quejarían de los protocolos y lucharían por cambiarlos, incluso se darían cuenta de que los calendarios académicos los marca el capital y el rendimiento. 

Esto se ve claramente cuando uno pregunta por las asignaturas de humanidades. En el mejor de los casos son clases memorialisticas —aunque hayan pizarras digitales o ejercicios con mucho color y mucho diminutivo— donde se denigran disciplinas como la lengua, la historia y ya ni qué decir la filosofía. Y se las denosta porque la educación está orientada a proporcionar un empleo, en lugar de a formar seres humanos; a ser alguien en lugar de enriquecer el alma de quienes acuden cada día más frustrados y más aburridos, cuando no convertidos en bárbaros insensibles que matan su tiempo acosando al diferente y, sin saberlo, siendo los esbirros del sistema a quien ya le va bien tener matones a coste cero que le hagan el trabajo sucio. ¡Qué más da! A esos macarras, luego les colgaremos la etiqueta de conflictivos, les haremos aprobar la educación obligatoria o los lanzaremos a la calle como mano de obra barata, pero eso sí, nos llenaremos la boca de palabras bellas y diremos que hicimos lo que pudimos para que no se note mucho que el mundo está encarado al rendimiento, al rédito y a la hipocresía. 

Mientras tanto, el alma de los seres humanos se pudre, se envilece y cada vez se acerca más al reptil o a la mula de carga. ¡Mueran la humanidad! ¡Creemos autómatas! Esos son los lemas que deberían figurar en cualquier escuela si conservaran algún atisbo de honradez. Resulta curioso cómo se parecen las escuelas a los hospitales o a las fábricas o a las oficinas, como se parecen a las cárceles o a los centros de salud mental. Instituciones totales todas ellas, su misión es homogeneizar a la población dentro de sus muros y dejar bien claras cuáles son las reglas que no se deben transgredir. Sobre todo, no transgredir la norma básica: no está bien ser diferente, por mucho que se nos hable de multiculturalidad cuando se debería llamar asimilación. Obviamente, los técnicos y doctos en la materia se rasgarán las vestiduras diciendo que no, que eso no es así, que se tolera a los diferentes, que se les ayuda y que se les integra. Pero en esas tres palabras ya está el equívoca y la maldad del asunto. Tolerar, no respetar; ayudar, no trabajar e integrar, no compartir. Esos diferentes son la oportunidad de maquillar la realidad, y, por tanto, una pieza más dentro del engranaje. Si se les quisiera tanto como se dice, esas personas podrían ser cómo les diera la gana y sus culturas o cualidades diferentes se compartirían más allá del hecho folklórico o anecdótico de qué comes en tu país, cómo te vistes o cómo es vuestra lengua. Se darían clases sobre esas culturas, se enseñaría esas lenguas y se respetaría a esas sociedades. Pero no, se les da la misma ropa, se les obliga a comer lo mismo y se les enseña a ser sujetos de rendimiento como al resto de sus compañeros. 

Pasan los años, los cursos, los empleos y uno sigue sin encontrar su alma, porque esta fue vendida al capital, porque esta fue apartada de la ecuación del consumo, porque a nadie que ostente el poder le interesa tener esclavos que se conozcan a sí mismos, que se respeten como seres humanos y que tengan curiosidad. Sí, la curiosidad más allá de la anécdota o de la chorrada en las redes sociales es un pecado. La vida de los seres humanos es un negocio, y como tal no debe salirse de la línea, debemos estar siempre disponibles y dispuestos a cualquier encargo o probar cualquier tendencia y a defender a nuestros amos por encima de todo. 

El alma se pudre, se apaga, se muere porque quienes caminan por la calle lo hacen por inercia, creyéndose los problemas que tienen, luchando por una supervivencia que no es más que humillación, por unos logros que están manchados de falsedad. El alma necesita alimento, y ese está en el contacto humano, en el contacto con nuestro entorno, con mirar al cielo y sorprendernos de que sea azul, de que los árboles aún se muevan cuando los agita el aire, en las conversaciones más allá del chismorreo o del trabajo, de los libros que se nos escanden y de obviar aquellos que se nos muestran por superficiales y banales. El alma se nos muere entre las manos como un animal que mirándonos a los ojos nos pide un último esfuerzo, que no la abandonemos, que ella nos puede dar la solución a esta esclavitud. Ahora bien, deberemos ser sinceros y reconocer que la esclavitud, el rendimiento o el rédito son voluntarios, si no queremos llegar a destiempo para salvar aquello que puede salvarnos, condenarnos a ser uno más en el bulto de seres sin alma y que quienes se lucran a nuestra costa estén muy satisfecho del trabajo realizado. 

LA VOZ LIBRE

Echó un vistazo a las redes sociales y leo algunos artículos sobre literatura —nuevas novelas o poemarios—, o sobre el auge de la extrema derecha tanto en América como en Europa. Me doy cuenta de que el lenguaje utilizado es un tanto incomprensible. Giros lingüísticos, argot técnico; maneras complicadas de decir lo simple. Soy consciente de que se trata de análisis, y en su mayoría quienes los hacen son especialistas en la materia. Son buenos artículos, aunque cueste leerlos porque me resultan tremendamente aburridos. Es como si el lenguaje utilizado no perteneciera a este mundo y se hubiera quedado enquistado dentro de los muros de la academia donde los artículos han sido redactados. No es una academia física, supongo que los articulistas los ha escrito en su casa, por ejemplo, sino academia mental. 

Han pasado algunos años desde que me alejé de las academias, las universidades y los círculos de investigación literaria o social y cultural. Puede que esté oxidado y por eso no entienda algunos de los conceptos de los que se habla —el mundo gira deprisa y si uno no se actualiza, como los móviles, se queda obsoleto— o puede que quieran explicarse los hechos literarios o sociales y culturales más difíciles de lo que son, como si el barroquismo en el lenguaje otorgara cierto prestigio. Puede —eso se debe acercar más a la realidad— un poco de cada de las dos hipótesis. 

Por otro lado pienso que hace tiempo que aquí no vive más que un caminante; alguien que no se encuentra ni en el academicismo o en los saberes populares o cotidianos. Hace tiempo que decidí emprender mi propio camino —eso sí, manteniéndome informado sobre las novedades en los campos literarios o sociales y culturales— y echando la vista atrás, desde que empecé con estas entradas, veo que eso es lo que he hecho. Poco a poco he ido anotando aquello que veía en mi caminar por la existencia, sobre todo por los entornos urbanos. He caminado durante un lustro por la ciudad sin rumbo aparente —esto no es licencia poética sino método de investigación— y con la vista y el oído atentos. Esa observación no participante ha hecho que encontrara algunos fenómenos —la deshumanización ha sido el que más he visto, gracias a la esclavitud de la tecnología— de los que iba reflexionando mientras caminaba por la ciudad o paraba en la terraza de un bar —¡con cuántos café con leche o cigarrillos y cigarrillos habré medido el tiempo!— mientras ponía la oreja para escuchar qué decían mis contemporáneos; pero no por chafardearía sino porque me interesaba conocer realidades que no entendía o que se me escapaban. Ese material me sirve para escribir relatos, poemas, novelas o ensayos. 

Quizá esto de caminar por la ciudad aparentemente sin rumbo, sentarse en una terraza, observar el movimiento cotidiano e intentar entender qué es lo que sucede sea lo que hacen los escritores, y haya conseguido uno de los propósitos de cuando abandoné las academias, las universidades o los grupos de investigación. Tampoco creo estar en el otro extremo, en lo no académico o lo informal, como se lo llame, sino en el camino que empecé a andar y esté construyendo o haya construido algo propio sin creerme original o más o menos que nadie. Simplemente, he seguido mi naturaleza que siempre ha sido un tanto dispersa, soñadora o independiente, llámesele como quiera. Pero la verdad que, aunque haya pasado mucho tiempo en academias o universidades o grupos de investigación, siempre me aburría, siempre me molestaba el encorsetamiento o aislamiento como una suerte de mito de Siddhartha porque quería conocer lo que había tras los muros confortables de esos lugares donde, en demasiadas ocasiones, se secuestra el conocimiento. Aun así, tampoco me han convencido quienes están fuera de esos muros y dicen pestes de lo académico. No sé si porque pasé mucho tiempo ahí dentro e intento defender una parte de mí, o simplemente porque me parecen igual de obtusos que a quienes critican. Ignoro si eso que he practicado durante estos años se puede llamar pensamiento libre, aunque puede que lo sea ya que en ambos lugares o extremos se me tiene como a un traidor. 

En ocasiones, este camino alejado de los dos polos, hace que me sienta un tanto ignorante. Quizá se empieza a cumplir la frase de Sócrates en la que se entiende que cuanto uno más conoce más desconoce. Aunque eso, tampoco lo sé —hoy sé pocas cosas—, pude que me convierta en un soberbio. Quizá, eso también lo he visto con el tiempo, las prematuras lecturas y las posteriores relecturas de Friedrich Nietzsche, sobre todo Más allá del bien y del mal, hayan hecho que este caminante vea la mentira socialmente aceptada que es la verdad. Con todo, sigo creyendo en el método iniciado hace tiempo, y aunque me cueste entender lo rocambolesco de algunos artículos científicos o pretendidamente científicos de los campos que me apasionan, no lo descarto. Obviamente, voy modificándolo, perfeccionándolo o puliéndolo, porque tampoco me creo a pies juntillas lo que me cuento. Sé que el camino de la libertad intelectual es un camino solitario y en el que se siente inseguridad en más de una ocasión, dado que la información en nuestra época es mucha, y las voces autorizadas o que parecen autorizadas también son muchas. 

Tal vez esta sea una época de reflexión del método —no solo lo pienso por mí sino por muchas personas que escriben desde un punto de vista parecido, es decir, sin hacer demasiado caso a escuelas intelectuales o tendencias discursivas— y ese vacío que se siente de vez en cuando, no sea más que el silencio del que habla algún escritor cuando estamos cambiando el modo de escribir porque estamos asimilando nuevas realidades o conceptos que hasta la fecha no habíamos contemplado. Por otro lado, sé que el mundo editorial —publicar algo sin que le cueste dinero a los escritores— es difícil y está copado por quienes siguen las tendencias generalizadas. Pero eso no debe hacernos desistir de nuestra idea, eso solo puede servirnos para ser más fuerte y saber que el fracaso es la tónica de alguien que quiere llegar al bello momento en el que se encuentre con alguien desconocido leyendo alguno de sus libros. 

Con todo, pienso que en los últimos artículos me he alejado de la línea general y que he hablado demasiado de lo que me sucede en estos días un tanto convulsos literariamente hablando. Serán épocas, me digo, será lo que apuntaba más arriba, estaré cambiando el modo de escribir, será que caminar relativamente solo por la existencia literaria tiene esa contrapartida. De todos modos, la acepto y sigo caminando con la mirada y los oídos bien abiertos, con la pretensión, como muchas personas, de aportar un punto de vista más a esto que llamamos existir. Y que eso es lo que me había propuesto. Crear algo sin pretensiones, sin ínfulas, sin soberbia, solo lo que veo sabiendo que puedo estar equivocado. Nada más fácil que eso, nada más difícil que llevarlo a cabo. 

EL TIMO INFINITO

A medida que uno avanza en la vida, tiene la sensación de que esta es un fraude. Quizá sean las derrotas que acumula a las espaldas, quizá sea que poco a poco ha ido abriendo los ojos y se ha dado cuenta de que la justicia es algo que no existe. En ocasiones, uno siente que por mucho que se esfuerce no llegarán los frutos de ese esfuerzo y, aunque los libros de autoayuda o los gurús del pensamiento positivo digan lo contrario, no basta con desearlo para conseguir lo que nos hemos propuesto. Con una sonrisa, no se nos abrirán las puertas del universo o por muchas oraciones que lancemos al cosmos este no nos responderá afirmativamente. Lo único que puede funcionar para que el timo infinito en el que se sustenta la sociedad de consumo no frustre nuestras aspiraciones es que estas sean acordes con nuestras posibilidades. Ser constantes en nuestro empeño, aunque no veamos los frutos de nuestro esfuerzo, es lo que hará que seamos cada vez más conscientes de que no todo depende de nosotros, en cambio con nuestra voluntad, podemos sentir que hemos hecho todo lo que hemos podido. 

Desde que tengo uso de razón, he dedicado mi vida a formarme para la escritura. No diré eso de que quiero ser escritor, porque ya lo soy y siempre lo he sido, cosa diferente es que haya tardado tiempo en darme cuenta. Existen momentos en nuestra existencia en los que no somos suficientemente fuertes para decirle al mundo lo que queremos ser o lo que somos. En ocasiones, he llegado a sentirme culpable o a sentir vergüenza por elegir una profesión como esta. Son muchas las necesidades ajenas en las que me he volcado, como a muchas personas les sucede, desatendiendo las propias, haciendo que mi voluntad se ahogara.

Sin embargo, es necesario saber que vivimos en un timo; en una sociedad que nos quiere hacer creer que somos unos inútiles, a base de darnos casi todo lo necesario para nuestra subsistencia, y que tiende a atontarnos para que seamos lo más autocomplacientes posible. Es la misma sociedad que nos dice que todo lo podemos hacer sin darnos las herramientas necesarias o correctas para que podamos hacerlo. Nos dice, por ejemplo, que podemos ser escritores, pero no nos facilita más que personas superficiales que vomitan tópico tras tópico en vídeos o tutoriales donde nadie explica cómo llegar a una escritura propia y honesta que, como dice Michel Houellebecq, ya sería el principio para una obra maestra, sino a producir en serie lo mismo que producen los demás. Curioso que en la época del individualismo y la autenticidad se nos quiera cortar por el mismo patrón. Obviamente, la producción en serie ha llegado a la esfera existencial de las personas, y dicha individualidad o autenticidad no son más que una ilusión. Ahí se encuentra también el timo. Y de ahí la sensación de que no tiene ningún sentido nada de lo que hacemos. 

Pensemos, por ejemplo, en las personas que buscan trabajo pero no lo encuentran. Envían, envían y envían decenas de currículum diariamente, y apenas consiguen una entrevista, y cuando la consiguen se topan con personas que los menosprecian, que no devuelven las llamadas, que les mienten en la cara o que quieren pagarles sueldos irrisorios. En ese momento, quien está buscando trabajo puede pensar: ¿acaso soy un inútil o un fracasado? ¿No he hecho todo lo necesario y me he comportado como se supone que debo comportarme en una entrevista? ¿No conseguiré nunca un empleo? Eso sucede cuando uno empieza a tener cierta edad, no una edad avanzada pero sí que ha superado los cuarenta. Se le hace creer que sí, que es productivo, pero menos que los más jóvenes y que, por tanto, no es un regalo contratar a alguien que puede que sepa más del oficio en cuestión que la persona de recursos humanos que está haciéndole la entrevista porque, ese es otro timo, la mayoría de las empresas no quieren personas que hagan bien su trabajo o al menos no solo eso, sino que sean sumisas y no supongan un peligro para los puestos intermedios o directivos. Buenos esclavos sonrientes y obedientes. Vamos, lo que se nos dice en los libros de autoayuda pero con menos azúcar y unicornios. 

Sin embargo, llega el día en el que uno descubre que lo han estado mareando de un lado a otro, que ha estado gastando dinero que no tenía para ir a entrevistas en las que solo iba de relleno o que ha perdido tiempo con personas que decían ser sus amigas pero que no eran más que conveniencias, personas que se olvidarón de uno cuando decidió vivir como quería; también descubrirá que el sentimiento de culpa o la inseguridad no eran más que consecuencia de no haber dedicado el tiempo necesario para su alma. 

Con todo, el timo sigue girando, y las trabas son muchas. En mi caso, solo puedo hablar de las dificultades que he encontrado por dedicarme a la escritura, y las veces que he tenido que escuchar que no era una buena decisión o el poco apoyo de mi familia y de mis amistades, incluso de las que decían ser escritores también. Poco a poco he tenido que aislarme de personas, lugares, libros malintencionados o gurús interesados; he tenido que creer en mí —aunque en ocasiones aún me cueste porque nadie es perfecto y los cambios no se consiguen de un día para otro—, y sobre todo he seguido trabajando y siendo constante del timo, aunque me hayan mareado tanto que, en ocasiones, no sepa ni dónde estoy. 

En el mundo de la escritura, que es el que conozco, pero esto sirve para diversas esferas de la existencia, hay demasiado ruido, demasiado consumidor de vida ajena, demasiados mitómanos y pocas personas serias que se hayan buscado la vida para construir su voz. Demasiados ansiosos de manuales o fórmulas mágicas, demasiado ruido en las redes sociales, demasiados motivados sin antes hacer un ejercicio de honradez. Quizá he tardado o dudado mucho en sí estaba preparado o no. También responsabilidad de ello la tiene mi autoexigencia. Pero descubrir que esto es un timo, no me ha hecho desistir ni entristecerme sino todo lo contrario. Me he dado cuenta de que debo escribir sobre la mentira que nos cuentan, que ese es el deber de los escritores como se ha dicho en alguna ocasión. La escritura no es un pasatiempo, eso nos quieren hacer creer quienes nos timan y quieren que compremos sus cursos bajo falsas promesas de famas o de ventas; la escritura es algo sagrado y uno debe conocerse muy bien para atreverse a entrar en ella porque sino seremos un timo como lo son quienes nos han dicho que la realidad eran las sombras que vemos cada día y no la luz del sol que nos ciega. Sí, eso es de Platón. Pero es necesario ser conscientes de ello para que el timo deje de ser infinito, y empecemos a existir libres de espejismos, y así no sentir que somos un fraude. 

EL DISCURSO PACIENTE

Explorar el barrio como si uno fuera una suerte de antropólogo y darse cuenta de que, en ocasiones, nos ceñimos a un minúsculo perimundo. La existencia brota por cada una de las calles que dejo atrás, mis pasos se convierten en la búsqueda del silencio necesario para sumerguirme durante unas horas en lo sagrado de la escritura. Intento no pensar en los vividores o pseudoescritores durante unas horas que veo en esa maldición que son las redes sociales y rápido soy consciente de que solo es apariencia, que la gente está demasiado ansiosa o desesperada por colgar fotografías o vídeos de supuestos logros porque, en el fondo, están solos en la no virtualidad y lo llevan muy mal. Quizá una de las pocas salidas que nos queda para conservarnos lo más intactos posible sea practicar la paciencia —por ello escribo en una libreta intentando que la letra sea lo más bella posible y sosteniendo el bolígrafo casi como si fuera un pincel; quizá por esto muchos chinos, los camareros que sirven los cafés que tomo mientras escribo, se quedan mirando las letras que se deslizan por la página y me miran con cara de aprobación. Para ellos es un signo de distinción y cultura que alguien tenga buena letra.

Sin embargo, es la paciencia lo que cultivo con esta costumbre de escribir a mano bajo la mirada a veces extrañada, a veces misericordiosa o compasiva de quienes corren —pasan delante de donde escribo— muy estresados sin saber a dónde se dirigen ni por qué lo hacen de ese modo, aunque sea sábado y la mayoría no trabajen y, por tanto, tengan tiempo para desplazarse con armonía sobre el caos cotidiano. Fijo la vista en el televisor del interior del bar, y el contraste entre los que se exhibe en él y lo que siento me da la sensación de que no estoy tan equivocado en la insistencia de la paciencia como me han hecho creer. Casi todas las escenas del televisor son violentas, caóticas, luces de colores, catástrofes, opresión, caos y, sin que deje de ser cierto que el mundo se ha convertido en un lugar así, pienso que es una parte de la existencia la que se muestra ahí. Es claro que cada día estamos más nerviosos o desesperados, que se nos presiona para que corramos y convirtamos nuestras vidas en una competición por la supervivencia; es claro también que en el entorno urbano la existencia se plantea de ese modo y que hacemos caso como buenas reses. Por otro lado, soy consciente del privilegio que supone escribir en una terraza letras pacientes, y que quizá he perdido demasiado el tiempo creyéndome las vidas de esos vividores y ansiosos mequetrefes de los que hablaba más arriba, que me he creído más pequeño de lo que era porque mi existencia no estaba llena hasta la náusea de experiencias —como se denomina lo que se exhibe en cuatro o seis pulgadas. Una obsesión mal sana, me digo; no estás hecho para ello porque lo tuyo es la artesanía y no la producción en serie de los mismos tópicos o pareceres. Con todo, me lo creí y ahora limpio las consecuencias de equivocarme de lugares, personas y actitudes.

Es preciso un discurso natural; cruza mi mente esta frase que supone un problema porque desconozco qué es natural. Pero lo intuyo porque oigo y escucho lo que dicen las personas que como pollos sin cabeza caminan por la calle. Advierto que sus palabras están preparadas, prefabricadas y mucho tienen de peliculeras. Son discursos artificiales porque no tienen ganas de pensar sino de soltar lo común, lo obvio, lo que las imágenes de ese noticiario imponen a la realidad. Han perdido la esencia o la están transformando en una suerte de masa informe e inconexa. Incluso lo siento cuando leo novelas o narrativa de autores súper ventas. Clichés, frases vacías, escenas sin trascendencia, es decir, artilugios artificiales en los que, aunque en ocasiones se nos presenten de modo contrario, no sirven para reflexionar o dejarnos llevar por la letra ahí impresa. Forzar el discurso para que sea efectivo, incluso eficiente me atrevería a decir, calcando la filosofía de la sociedad de consumo, las empresas multinacionales y, lamentablemente en los últimos años, las administraciones públicas. Creación de mundos estandarizados y que han pasado los controles de calidad establecidos en algún protocolo —como si eso pudiera existir— del buen escritor. Tal vez deberíamos decir del buen escritor domesticado.

En contraposición a eso, los escritores podríamos abandonar la excesiva rapidez y efectividad —cada uno que haga lo que crea conveniente— y relajar nuestras manos para que escriban las palabras necesarias y no las que cree conveniente el mercado. Acotar la creatividad a un número determinado de palabras como hacen algunas editoriales o premios literarios es encorsetar a los creadores y hacerlos craer en la trampa de la impaciencia. Las historias duran las palabras que tienen que durar —eso no quiere decir que no se deban pulir los textos porque, es cierto, en ocasiones uno puede resultar redundante—, pero imponer una duración es, bajo mi punto de vista, un despropósito. En mi caso, lucho contra la prisa cuando me propongo un proyecto literario y dejo que las palabras salgan sin timidez, que si son tantas son tantas y pulo lo necesario porque no tengo vocación de jardinero o de peluquero. Sigo los consejos de quienes me precedieron en el oficio, y, aunque soy consciente de que vivo bajo el imperio de la ansiedad, escribo cuando sé que tendré el tiempo necesario para que el discurso nazca sin que le falte parte de su cuerpo alguna. Para ello me estoy desintoxicando de las redes sociales que considero superficiales, de los móviles o demás artilugios o tecnologías que me limitan como una suerte de perro de Pavlov.

Y ahora cuando me dispongo a encarar quizá la parte más difícil de un texto, el final, recuerdo que este nació a partir de la exploración del barrio, de la búsqueda de un lugar tranquilo —locus amoenus— donde practicar la paciencia necesaria para, por unas horas, no ser esclavo de mi tiempo. Dejo que la existencia brote con la mayor de las naturalidades, y sigo pensando que, aunque el noticiero diga lo contrario, aún puede haber una solución para esta época, si nos alejamos de las cadenas que nos han y nos hemos impuesto, que no he perdido el tiempo tanto como creo, sino que fue necesario para ser consciente de lo que no quería, que mi alma sí es la de un escritor y del privilegio que supone saber quién se es. Sigo la exploración. El discurso ha durado lo que tenía que durar.

LEJOS DEL LODAZAL

La cobardía y la resignación de los habitantes del barrio roza la vergüenza ajena. El discurso victimista y lacrimoso de quien tiene muchos poblemas pero no hace nada por cambiar su situación harta. Quizá por ello nos sigan timando, utilizando como mulas hasta que no sirvamos y nos lleven al matadero. La responsabilidad que uno adquiere cuando decide ser escritor tiene que ver con la denuncia de cuestiones como las escritas más arriba. Se debe tener claro que no es tanto buscar culpables —hace años que descubrí que la culpa no es creativa, aunque de esto podrían discrepar quienes decoraron las iglesias católicas— sino de hacernos responsables de nuestros actos. Ahí es donde está la cuestión, aquello que los alelados por los móviles y demás tecnologías no quieren ver. Es mejor vociferar en los bares, arrastrar carritos de niños —que en su mayoría molestan—, seguir en relaciones contraproducentes para salvar el patrimonio o las apariencias, esclavizar a otros porque más arriba nos oprimen, callar y bajar la cabeza para dirigirnos sin pena ni gloria hacia la tumba y engrosar la lista de personas desaprovechadas o, como se ha dicho, aprovechadas como mano de obra. Quizá una de las pocas cosas que me enseñó mi padre —hoy cumpliría sesenta y seis años— fue la rebeldía, la otra fue no deberle dinero a nadie. La primera, entre otras cosas, ha hecho que no me conforme con lo que venía de serie, es decir, por clase social, mejor dicho, que no me conformara con la moral que se suponía a las personas nacidas donde me crié. Cuestionar aquello que se nos decía en la horrible escuela o en el infame instituto donde estudié ha hecho que no vea a las supuestas víctimas de la sociedad como pobres desvalidos. Los verdugos siguen siendo los verdugos y los grandes responsables de muchos de los males que aquejan a la comunidad, sociedad o país en el que vivo. Los señores del aire siempre serán quienes muevan los hilos, pero el extremos de esos hilos no es tan pasivo como parece. Esa pasividad la hemos creído por conveniencia, y así nos está bien. Por eso tan pocas personas se rebelan contra lo establecido en España, porque se está bien siendo una marioneta. 

Somos, aunque no sea políticamente correcto decirlo, marionetas consentidas. Buena parte de lo que sucede es por nuestra connivencia con los verdugos, por no apagar las máquinas o las virtualidades que nos entretienen y nos atontan, y nos convierten en pareceres. Que el periódico más vendido en España sea el Marca —diario deportivo— dice mucho de quienes se hacen las víctimas y de la necesidad de trincheras de los españoles para sentirse alguien. Eso no quiere decir que no existan personas con intereses intelectuales, académicos o técnicos, pero esas, con un poco de suerte, se irán de este país. Volviendo al tema, somos verdugos de nuestros iguales porque somos o tenemos alma de lacayos, y albergamos resentimiento y envidia en nuestros corazones conservadores, sobre todo, conversar la podredumbre que nos cubre para que nadie salga de la caverna y se dé cuenta de lo ancha y profunda que era la mentira de que no había más que esto. Es lo que hay, es la peor frase que se ha inventado. El motivo de la misma está claro. Deberíamos exterminarla de nuestro vocabulario y empezar a sentirnos orgullosos y felices de los logros ajenos para dejar de ser unos fracasados que quieren construir más fracasados para que el suyo no sea tan evidente. 

Donde más he visto este tipo de actitudes esclavas y cortesanas, por razones obvias, es en el mundo de los escritores. Da lo mismo que estén más en la base o en la cúspide, si tienen servidumbres o intereses mezquinos o egoístas que proteger irán a por quienes quieran decir la verdad o aspiren a algo más que versos ramplones y vergonzantes, a novelas banales o vacías o a reflexionar más allá de cómo lo haría un niño malcriado y caprichoso. Para difundir sus idea y actitudes mafiosas y colaboracionistas con los poderes editoriales, las redes sociales son un buen elemento. Cualquiera por el simple hecho de tener dedos cree que pude ser escritor y cuanto más vacío sea lo que escriba más palmeros —analfabetos literarios como el escritorzuelo en cuestión— tendrán y más se pavonearán ante quienes saben lo sagrado de la escritura o del esfuerzo real que supone dedicarse a ese oficio. Debo reconocer que también he caído en la trampa, pero que gracias a las enseñanzas de mi padre no me conformé con unos cuantos pelotas que desaparecían a medida que no les reía las gracias o no aplaudía sus infumables textos. Aquí no se escribe para que me aplaudan, sino para crear algo más que lo obvio. La escritura no nació en estas manos para quedarse con lo básico sino para aspirar y llegar al máximo de mis posibilidades. Y lo mejor que me ha ocurrido es descubrir la mentira en la que vivían esos ególatras y mezquinos y, sobre todo, huir de esos círculos. Obviamente, es más difícil conseguir materializar la obra sin hacer la pelota a esas medianías con ínfulas, pero una vez aceptado eso —también sirve como cura de humildad y saber en qué posición se encuentra uno—, todo es más fácil. Experimentar la libertad en las letras es lo mejor que le puede pasar a quien quiere ser más que un pelele o una marioneta. También enseña la importancia de la constancia y la insistencia, la belleza de no ser siervos de nadie, al menos, de personas cuyas opiniones sobre literatura o escritura deberían importarnos una mierda. Podría decirlo de un modo más fino, pero a veces se debe hablar su idioma para que se nos entienda, y dejen de envenenarnos o de intentarlo. 

Con todo, esas actitudes se encuentran en las diferentes esferas de la existencia, y deberemos estar atentos para alejarlas lo más posible de nosotros. Si alguien prefiere quedarse en el lodazal o en el barrio, que se quede, pero que no intente que quiera quedarse quien no quiere estar porque eso lo convertirá en un mezquino y un cobarde, y eso se llama maldad. Lo escribo porque eso es lo que han practicado conmigo durante casi tres décadas, diciéndome que escribir no servía para nada y que me buscara un trabajo de verdad o que no leyera los libros que leía y que hiciera lo mismo que ellos. Eso ya lo hice. Lo único que conseguí fue sentirme infeliz y sentir que estaba desaprovechando mi vida. ¡Alejaos de esas personas! ¡Seguid vuestro camino! Y sobre todo no caigáis en su chantaje emocional cuando decidáis iros. Puedo asegurar que lejos del lodazal y de quienes nos dijeron que no había nada más se respira mejor. Y ese es el mejor regalo que podéis haceros.  

ABANDONAR LA COMPETENCIA

Parece que como se nos presenta el mundo, el oficio de escribir es una lucha brutal, descarnada y cainita entre quienes escriben. Sí, la moral neoliberal de la competencia también ha llegado a los escritores, no obstante y aunque en ocasiones se crea lo contrario, no son seres atemporales y las dinámicas de su tiempo también los contaminan. Sin embargo, se puede ser de otro modo, quizá recuperar cierta inclinación de quienes escriben a la libertad. Mas libertad clásica —por llamarla de algún modo, dado que es en ese tiempo donde he clavado la mirada, también la esperanza, en mi quehacer literario— que permita esa independencia de los escritores en cuanto a los contenidos —ahí una palabra trampa de estos tiempos competitivos— se refiere. Examino y analizo cuál es mi actitud con respecto a las letras —debo reconocer que hay momentos que puede llegar a la obsesión—, y me cuido mucho de entran en ciertas actitudes histriónicas, excéntricas o grandilocuentes encaradas sobre todo a vender un producto. Eso no quita que mi pretensión última sea convertir estas letras en un libro y que sea leído por cuantas más personas mejor, pero siento que para ello, entre el mundo editorial o el público tendiente sobremanera al entretenimiento y mi falta de orden, aún queda un poco para que eso sea realidad. Hay que reconocer que en un país como en el que vivo —desconozco el resto aunque me huele que no existen demasiadas diferencias al menos en la base— es difícil lanzarse al vacío y gritar: ¡quiero dedicar mi vida a la escritura y quiero que me paguen por ello!, sin que la estructura social no intente persuadirme de que no es la mejor idea. 

Con el paso del tiempo y el dolor en los tendones, tengo la mala costumbre de escribir antes a mano, he llegado a la conclusión de que en este oficio lo mejor es callar. Es decir, mostrarse poco, no explicar en qué obras trabajas y escribir en el silencio de una habitación propia, como la llamaría Virginia Woolf, que en mi caso suelen ser las terrazas de los bares. Y he visto que es así por algo tan simple como no perder la fuerza por la boca. Los escritores escriben, aunque parezca una perogrullada, se olvida con demasiada frecuencia, y para escribir es necesario estar dispuesto a hacerlo hasta las últimas consecuencias, y eso significa dejarse perder aspecto de la existencia que para otras personas son importantes. Mientras alguien escribe —ahí está el punto de vista clásico— está escribiendo, está concentrado en la página y poco importa lo demás. Cuando se escribe nos sentimos un tanto separados de la existencia, incluso del cuerpo, aunque no sea del todo verdad, puesto que se puede escribir porque de algún modo existimos. Pero sí es cierto que la atención está fijada en la escritura y nos instalamos en una suerte de región etérea donde aquello imaginado —ahora pienso en poemas, novelas o ensayos— existe y se muestra. Se pasea por las ideas e imágenes creadas, y quizá ese pasear sea la clave para quienes lo lean puedan sentir que también están ahí. Es cosa importante poder trasladar a los lectores lo creado y así la literatura siga siendo algo mágico. 

Con todo, en ocasiones puede parecer una tarea imposible. Las dinámicas de las que se ha hablado al principio están al acecho, y con frecuencia se siente la imperiosa necesidad de hacer algo productivo. ¡Cómo si escribir no lo fuera! ¡Cómo si se estuviera matando el tiempo cuando se escribe! De ahí la importancia de respetarnos y de ser respetados por los demás. Quizá lo primero sea más fácil que lo segundo, o quizá vayan de la mano. Para ello es necesario que uno se sienta seguro en lo que hace y de ahí, también lo clásico, entender cuál es el oficio de la escritura. Para ello, eso ya es gusto personal, se debe acudir a quienes han escrito antes que nosotros —en ese punto soy un tanto insistente— para ver cuáles han sido no solo sus creaciones sino el modo en cómo las han llevado a cabo. Saber no la vida de los escritores de pe a pa, sino entender, como se ha dicho antes, cuáles fueron los sacrificios que llevaron a cabo. Eso también dependerá de qué tipo de escritor se quiera ser y vaya por delante que todos son válidos mientras se sea consciente de ello. En la escritura no hay lugar para la mentira, aunque se escriba ficción o fantasía, ella te delatará y sobre todo las ínfulas o la soberbia porque cuando se quiera crear algo que esté por encima de nuestras posibilidades nos encontraremos con un muro que deberemos aceptar o derribar. Y ahí también la importancia de leer hasta que nos cansemos de leer, para luego escribir. De ahí la importancia de examinar con detenimiento qué se ha creado antes que nosotros. Somos parte de una cadena, se llama tradición, porque no hemos nacido de la nada ni con todo aprendido. Esa es una lección que se debe aprender lo más rápido posible sino se quiere fracasar en el intento. Por ello serán necesarias largas jornadas de reflexión, no escribir nada y plantearnos seriamente si queremos continuar o no. Obviamente, no es algo eterno, más bien es algo intermitente. Pero, al fin y al cabo, necesario.

Eso hace que, bajo mi punto de vista, debamos abandonar la idea de la competencia y nos centremos en escribir, en crear, en aprender, en mejorar o cómo lo queramos llamar; que aprovechemos los recursos de los que disponemos —las bibliotecas son una buena herramienta para ello— y que nos conozcamos lo mejor posible sabiendo que nunca lo podremos hacer en su totalidad y de ahí también la belleza de ser humanos: siempre nos podemos sorprender para bien o para mal de nosotros. Sobre todo, estas letras un tanto rápidas vienen a decir lo siguiente: el miedo no sirve para nada, la duda es sana hasta que no es por método, que escribamos lo que queramos escribir sin pensar en si está adecuado al mercado o no y que dejemos de mirarnos en los demás para no cultivar la egolatría o la envidia o la inseguridad. Pecados en los que se cae con demasiada frecuencia por aquellas dinámicas de las que se hablaba al inicio. 

Esta actitud puede ser vista como un tanto incauta o inocente, pero que sea de ese modo lo definirá el esfuerzo y la constancia. Abandonemos la competitividad, la esclavitud de modas o tendencias y seamos libres para crear, para crecer, para equivocarnos y volver a la casilla de salida. Ese es el oficio de la escritura y, quien escribe, puede dar fe de que es un oficio por el que vale la pena luchar e incluso extenuarse.