CUIDAR EL ALMA

La fe es cosa importante, mas no una fe raquítica o narcisista sino un telos que ilumine nuestro caminar por la existencia. Tampoco algo a lo que agarrarse como un clavo ardiendo, no queremos quemarnos las manos con falsas esperanzas y caminar por arenas movedizas, sino una brisa de luz que ilumine la mirada de tanta oscura intención o de tiovivos sistémicos que a ningún lugar conducen. Cuidado del alma para sacar la cabeza del lodazal donde, los mezquinos y cobardes protectores de sus carceleros y verdugos, quieren que permanezcamos para que sus carencias no sean descubiertas o su paupérrimo estilo de vida sea puesto en cuestión. Todos en la misma podredumbre, ese es su lema, en lugar de aprovechar la senda de los infames que se atrevieron a abrir surcos donde se creía que nada crecía. Saltar vallas, por muchas espinas que tengan, porque el alma se alimenta de la fe, y esta no pesa sino que torna ligeros a quienes se sacuden las pulgas de la costumbre. 

Como dice Ramón María de Valle-Inclán: “sé como el ruiseñor, que no mira a la tierra desde la rama verde donde canta”, para que la existencia poética —no solo de los poetas— se cuele en cada uno de los poros de nuestra piel y ahogué la rutina, destructora del placer, y soltar la piedra que, como el titán, sostenemos en la repetición de los días. Esa es la fe que crece en los corazones amables, y que desentumece las extremidades doloridas por la costumbre. Son ejercicios del alma, visiones de cuerdos, aunque se les llame locos, no de iluminados que cruzan los dedos sobre libros de portadas brillantes y esclavitud de azúcar. De ese modo, nos convertiremos en peligrosos, en disidentes, en los mal mirados por las vacas crédulas, que cuantifican seres humanos o parcelan la existencia como si a esta se la pudiera contener en una cárcel de palabras. 

Creer no solo en uno mismo, sino en quienes creen en nosotros, y no sancionan nuestras acciones cuando estas están del lado de la bondad, la amabilidad, y huir de los mezquinos que vociferan sus miserias y caen en la manía persecutoria de ser víctimas de sí mismos, que quieren cercenar gargantas, voces, o corazones, almas ajenas. Nada hay de sancionable en quienes contemplan la vida y sacan el máximo de su esencia, sino aprender a desatarnos de las necesidades creadas por usureros sin lámpara que los ilumine. Mas no un creer ridículo o prefabricado, sino fuerte y que se pierde en la visión de un prado, que comprende el privilegio de estar vivos en esta parte del mundo. 

En cambio, quienes obvian la esclavitud de sus iguales, y prefieren la comodidad de los pulgares dictadores, para que pedaleen al son del silbato quienes transportan sus caprichos; esos nada tienen que aprender de la existencia, nada saben de los caminos del alma porque se la empequeñecen para salvar su miserable imperio de basura, y hacer del gris el color de sus decisiones. De esos, si queréis un alma, alegaos, dejadlos en el transcurso de los días: ellos nada tienen que enseñar más que la desesperación. 

La fe es cosa importante, si no se la confunde con un bien de consumo, y se arranca la razón utilitaria de las costuras de nuestra piel. La fe es más que un edificio de piedra o manos que, en el aire, trazan jaulas o voces que dicen lo contrario de lo que hacen. La fe es lo que nos ata a la vida, y, una vez respondida la única pregunta: ¿vale la pena la vida?, afirmativamente, escuchar lo que nuestra alma nos dice. De ese modo, sabremos quienes somos y caminaremos con la mirada limpia. 

NUNCA HE SIDO AMANTE DE LOS MODERNOS

Nunca he sido amante de los modernos. 

Quizá por ello mis amantes tiene más de dos siglos. 

No se asusten no soy un gerontófilo o un necrófilo 

Más bien soy un amante de la sabiduría. 

Hace tiempo que dejé la erudición por la erudición 

No me gustaba follar sin pasión 

Como un acto mecánico que me asegure 

Un supervivencia gris y ramplona. 

Donde se pongan un buen par de Cariátides 

Que se quiten los iPhone o las exposiciones 

En salas blancas y de cuadros donde parece 

Que el autor ha eyaculado algo más que su rabia. 

No, no me gustan los modernos porque 

No miran a la cara cuando hablan y mastican 

Con la boca abierta los argumentos que robaron del Partenón. 

Quizá por ello, suelo amar a mujeres 

Que nunca alcanzaré porque no están en aplicación alguna

Sino debatiéndose entre ser Europa o Perséfone

Porque puestas a ser raptadas, mejor que sea un Dios

Y no un Narciso de Pull & Bear o Jack & Jones

Que hace cola en la Apple Store por si le llega algo de Wi-Fi.

No sea que alguien les haya mandado un WhatsApp. 

Ya se sabe que los modernos anulan sus citas unos segundos antes 

Por esa costumbre de perder el tacto entre pantallas

E invitarte a comer a restaurantes donde 

No se pueda pronunciar el plato que vas a pedir. 

Nunca he sido amantes de los modernos

Porque no me guío por el aburrimiento y el hastío 

De aquella máxima que dice que todo está inventado. 

A lo mejor, lo que sucede, es que son más viejos 

Que quien escribe estás letras

Y realmente tampoco amen la modernidad

Sino que no han masticado un buen cadáver

Ni leído una línea que no salga en de las Redes Sociales. 

Supongo que no leyeron a Séneca

Y por esto no saben que quien habla con prisa 

Y en voz alta es porque nada tiene que decir. 

No, nunca he sido amante de los modernos

Porque los modernos quieren consumir pero no aman

Y uno ya hace tiempo que dejó las lágrimas de cocodrilo

Y las filosofías caras de tapa blanda.  

Será por eso que no soy amante de los modernos

Porque, como dice el dicho, 

Quien con modernos se acuesta solo se levanta.

TIMADORES, TRUHANES Y TRILEROS: COMO APROVECHARSE DE LAS ILUSIONES

Cuando se recibe una propuesta editorial, el primer impulso es de alegría, ya que uno piensa que su trabajo y su esfuerzo se verán recompensados con la publicación de una obra en la que se puso un pedazo de alma. Uno recuerda los días que paso tecleando, los esquemas, ya fueran mentales o sobre una libreta, que hizo para trazar las líneas que dieron forma a un texto. Recuerda, incluso, cómo dejó que los personajes hablaran por sí mismos, cómo vio crecer la historia por derroteros que, a priori, no había tenido en cuenta y, sobre todo, recuerda la ilusión con la que empezó en esto de las letras. Luego, la realidad del mundo editorial choca con fuerza y se da cuenta de que no envió el manuscrito, quizá por su ignorancia o inocencia, a una editorial de fiar, ya que esta, después de un discurso victimista sobre lo difícil que resulta en estos tiempos sobrevivir a las editoriales independientes, te habla de una coproducción, de una coedición de una autopublicación, eso sí, con el sello de la editorial. Uno, entonces, se da cuenta de que le quieren timar, ya que, una vez observado el catálogo de dicha editorial, observa que en él hay diversos libros del editor que le ha propuesto dicho tipo de contrato. Siente que quieren pagarse sus caprichos a costa de uno y, sobre todo, que le quieren, como se ha dicho, timar o aprovecharse de su ilusión y, en algunos, de cierta ansiedad por dar a conocer sus obras.

Quien escribe este artículo sabe a la perfección que el mundo de las editoriales es un mundo orientado al mercado, no obstante, son muchas las que, cuando se han puesto en contacto para una propuesta editorial, le han hablado del mismo modo y le han dicho que si ponía, la cantidad va entre los 1000 y los 2000 euros, algo de dinero su obra se publicaría, porque, claro, no era un autor conocido o no tenía miles y miles de seguidores en las Redes Sociales o 300 amigos a los que engatusar para que le compraran el libro. Entonces, uno piensa que se ha equivocado de mundo, no de oficio, y que, si bien en otro momento se hubiese dejado llevar por la ansiedad de publicar o de ser conocido o de aquello que ve en los medios de comunicación o en las mencionadas Redes Sociales, ahora no está dispuesto a que le falten al respeto de ese modo. ¿Qué quiere decir que uno no es conocido? ¿Acaso por eso ya no merece uno la oportunidad de que lo lean? Porque esta es otra: la mayoría de veces esas editoriales cuando les haces un par de preguntas sobre la novela o poemario o texto enviado no saben nada de ella más que el título, ya que no han leído ni la sinopsis que, en muchas ocasiones, servirá como texto para la contraportada y, de ese modo, ya les has hecho el trabajo.

Con esto, no se está diciendo que el autor no deba implicarse en la difusión, en la corrección o en otros aspectos técnicos, pero pedirle dinero a alguien que escribe, que en la mayoría de los casos no lo tendrá, es, cuanto menos, una canallada. Aprovecharse de la inocencia o de la ansiedad o de las ganas de publicar una obra, de que la gente lea lo que uno crea, es, simplemente, una desconsideración por alguien que ha trabajado duro. Algo así, como si por trabajar en una empresa nos pidieran dinero cada fin de mes en lugar de dárnoslo. Pero parece que el mundo de la escritura eso debe ser así, que uno trabaja durante meses y meses en un proyecto literario y que luego, porque el mundo está fatal y es muy complicado vender los libros de un don nadie, ahí viene otra falta de respeto, pues, hombre, está claro que deberás poner dinero de tu bolsillo. Quizá antes que hacer tratos con dichos editores que son incapaces de ver que si se han metido en ese oficio quizá si deben estar dispuestos a perder algo de dinero y a correr para recuperarlo, sea mejor utilizar las herramientas de un buen procesador de texto -con Word u Openwriter ya sirve-, mirar por Internet cómo mequetar un libro y contactar con una imprenta que, seguro, nos hará un mejor precio. Incluso se puede adquirir un ISBN rellenando una solicitud al organismo competente.

Eso demuestra que quienes nos han ofrecido dicho trato son, como reza el título del artículo: timadores, truhanes o trileros. Editoriales sin ninguna vocación por la cultura, aunque en sus páginas web se llenen la boca con palabras grandilocuentes y halagadoras para pescar escritores incautos y algo desorientados. Como se ha dicho, mejor que nos hagamos nosotros el libro y que lo distribuyamos por nuestra cuenta, antes que caer en las garras de dichas personas. También, aunque algunas veces nos parezca mentira, los premios literarios pueden surtir efecto e incluso, como sucede con los empleos, presentar nuestra autocandidatura a una editorial convencional puede ser efectivo si tenemos paciencia y entendemos que el oficio de escritor no es una carrera de 100 metro, sino una carrera de fondo e incluso una maratón. De ese modo, debemos aprender a respirar, a dar los pasos adecuados y a no dejarnos llevar por las voces que nos dicen que tenemos que ser visibles de inmediato. Incluso, puede que hayan personas que se den cuenta que algunos de los escritores que han pasado a la historia no tuvieron reconocimiento ni premio en sus época. Pero eso ya va a gustos y caracteres, y que cada uno es bien libre de elegir el camino que crea conveniente.

Sobre todo, debemos ser conscientes de las personas que quieren aprovecharse de las ilusiones, detectar, eso se hace con el tiempo, los editores que no han leído ni un renglón de lo que hemos enviado o, como sucedió hace poco, hacen entrevistas telefónicas preguntando cuántos amigos tienes, cuánto seguidores en Redes Sociales o cuántas asociaciones culturales conoces, porque ellos no van a mover un dedo para difundir la obra. Si, como digo, ni se la han leído, que van a mover un dedo. Con el tiempo, se aprende que lo mejor es la paciencia, la dedicación a la escritura como un oficio y, sobre todo, ser profesional en lo que se hace. Son muchas las decepciones o dudas que nos asolarán mientras caminamos por la niebla del anonimato, pero, eso es seguro, con honradez y perseverancia, aunque estemos en tiempo contrarios, se puede conseguir. Aprender a dejar de lado a los timadores, truhanes y trileros es el mejor de los aprendizajes para un escritor; el otro es que pase lo que pase no se debe perder la ilusión, aunque algunas veces parezca imposible. Así pues, seguid escribiendo, trabajando en vuestras letras, siendo honrados y desatendiendo los cantos de sirena de personas sin escrúpulos que quieren financiarse sus caprichos a costa de otros, y, en algún momento, os daréis cuenta de la grandeza del oficio de escritor.

Además, nadie dijo que debiéramos ser publicados, quizá de lo que se trata es de compartir, siempre teniendo claro que es lícito que nos paguen por nuestro esfuerzo, lo que no es de recibo es que nos timen y se rían de nosotros.

LA DESAPARICIÓN DE UN NIÑO

 La última vez que supe de él fue delante de un espejo mientras mi barba crecía. 

Él me contaba historias de su familia

—se parecían un tanto a las de la mía—

Hablaba de sus sueño y me confesó que quería ser veterinario, 

Aunque le daba pena sacrificar animales para sacarse la licenciatura, 

Y que estaba pensando en matricularse en cine y audiovisuales, 

Pero lo que más le gustaba del mundo era inventar historias inverosímiles

O con aquella verosimilitud de la que Cervantes hablaba. 

Entonces, le dije que podría ser escritor, 

Aunque los escritores, como los maestros de escuela de antes, 

Pasaban mucha hambre, casi tanta como la del perro de aquel afilador del barrio

Ahora desaparecido por la tecnología, la prisa y la obsolescencia programada. 

El niño contestaba que no tenía miedo del hambre, 

Sino de dejarse barba e ir desapareciendo paulatinamente 

Bajo esa manía de los adultos de traicionarse los sueños

Cuando piensan que es más importante pagar deudas y facturas. 

Hoy me he enterado de que se puso enfermo, 

Como la niña de León Felipe, 

Aunque, por él, no han tocado a muerto las campanas, 

Y que con los años y las decepciones 

Desapareció como las nubes, las estrellas y las ilusiones infantiles. 

Lo único que puedo hacer por él es seguir su sueño de escritor, 

Aunque mi barba cada día sea más blanca

Y perderle el miedo a lo que él nunca tuvo:

Contar historias inverosímiles 

O con aquella verosimilitud de la que Cervantes hablaba

Y demostrarle, así, que se equivocaba la última vez que hablamos:

Que nunca dejaré de ser él

Y que las campanas nunca tocarán a muerto. 

LOS CLAROS INVISIBLES

Ignoro si la vida es un camino, un río, un proceso o, como decían los existencialistas, el ser humano es una flecha lanzada al vacío. Con el paso del tiempo, he llegado a la conclusión de que la vida está más cerca de ser lo que Miguel de Unamuno decía en Niebla: «La vida es niebla, es nada», sin llegar a caer en el vicio contemporáneo de caer en el nihilismo o en la apatía. Que sea nada la existencia, no debe verse como un desastre o un dolor, aunque algunas veces nos sacudan las fuerzas líricas, sino, como se diría en algunas esferas, una oportunidad para dotarla de sentido, sobre todo, el que nosotros queramos darle. Una de las actividades preferidas de quienes saborean la existencia, aunque parezca paradójico, no es la acumulación de experiencias, sensaciones, lugares o personas, sino la contemplación de los Claros del bosque, como diría María Zambrano en la obra de mismo título. Ante nosotros, cuando observamos la aparente quietud de la naturaleza, sirva también para la vida cotidiana, vemos ante nosotros pequeños claros, oportunidades, de empezar una nueva vida o, al menos, de profundizar en la que ya tenemos. Es obvio que los ritmos en los que estamos inmersos la mayoría de los seres humanos hacen casi imposible la contemplación como opción vital y que, arrastrados por huracanes, torrentes o, como gusta decir ahora, sinergias, poco tiempo nos queda para nosotros mismos. 

En dicha observación, es más de un lustro por parques, calles o terrazas, he venido observando algo espantoso: nadie sabe a dónde se dirige, hay demasiada agresividad —quizá nos hemos vuelto esclavos del impulso— y las nuevas tecnologías, en contra de lo que se pensaba, no nos hacen las vidas más fáciles. Esto, claro está, sucede en los entornos urbanos, que son los que este caminante conoce mejor, y aspirar a un mundo más lento, más meditado, más amable, se vuelve una quimera entre tanto ruido y cemento. En más de una ocasión, hemos sido atropellados por alguien ensimismado en un teléfono móvil, ya fuera en una conversación, mirando un vídeo o las redes sociales. Esta manía de estar siempre conectados, disponibles para el resto, sin darnos cuenta nos convierte en adictos o esclavos de dicha tecnología. Algunas ocasiones, hemos podido ver cómo personas sentadas en la misma mesa se ignoraban entre ellos por estar pendientes de dichos cachivaches o, incluso, pudieran estar conversando entre ellos mediante sus teléfonos inteligentes. Algunas veces, parece que los únicos inteligentes en la faz de la tierra sean los teléfonos y que los seres humanos hayamos delegado en ellos nuestras capacidades cognitivas. 

Por otro lado, cabe aclarar que no son los teléfonos inteligentes o las tecnologías que nos circundan el diablo, eso sería caer en el mismo prejuicio que quienes creían que las fotografías nos arrebataban el alma, aunque, en cierto sentido, han conseguido arrebatar un poco de nuestra humanidad. Quizá por ello, las relaciones que mantenemos con el resto, siempre anónimo o casi anónimo por la distancia que implica una pantalla, sean intrascendentes, superficiales, banales o, en el peor de los casos, agresivas. Parece que no estamos para nadie, y que los vínculos que podemos establecer sean tan etéreos como una conversación por WhatsApp o cualquier aplicación de mensajería. Todo apuntaba, eso se nos decía al principio, que la vida sería más cómoda, más relajada y que la conectividad iba a ser el mayor avance en la historia de la humanidad. Sin embargo, los malos usos de dicho avance han convertido al ser humano en un esbirro de sus impulsos más bajos y de paso le damos ingentes cantidades de dinero a personas que comercializan con dichos impulsos. 

Pero lo que no han logrado esos cachivaches es darnos la clave de la existencia, esa niebla y nada de la que se hablaba al principio. Más bien, nos hemos metido dentro de un agujero fingiendo, como hacen las avestruces, no ser vistos por el resto. La observación no participante de este lustro ha revelado algo que, al menos para quien escribe estas letras, es preocupante: seguimos llevando grilletes, es decir, no queremos saber nada de la libertad, aunque pregonemos a los cuatro vientos que somos defensores de la misma. Creímos que libertad sería poder elegir más cosas, poderlas hacer por nosotros mismos o, incluso, como creían mis padres comprar a plazos. Que si podíamos ser propietarios de algo, seríamos propietarios de nuestras vidas, y resultó que quienes nos habían tendido la mano para que eso fuera así, tenían bien pensadas las consecuencias de ello: tenernos aún más pillados bajo la burbuja social, ya que, espero que no se ofenda nadie, nos han convertido en verdaderos inútiles. Incluso en ocasiones siento que cada día soy más ignorante y que por mucho que lea, piense y escriba, no tengo ni idea de lo que sucede, ya no en el mundo, sino en mi propia existencia. 

Quizá los romanos conservadores tuvieran razón en un punto: cuando una sociedad tiende al refinamiento y presta más atención a fruslerías y lujos, quiere decir que está condenada a la decadencia. Y, aunque no queramos reconocerlo, cumplimos la máxima que Walter Benjamin escribió: «llegará un punto en nuestra alienación que veremos nuestra destrucción como un espectáculo». En ocasiones, parece que hayamos dimitido de la razón, incluso de las emociones, y tengamos la mirada metida en nosotros mismos. La hiperindividualización en la que vivimos nos hace sentir que debemos tener un trato individualizado y, por tanto, que somos seres especiales; seres que no participan de la comunidad y que no entienden que somos un todo, aunque, en ocasiones, suene a demasiado espiritual. Incluso la espiritualidad se ha convertido en un producto o bien de consumo, y cuando alguien habla del alma se le tiende a ver como un freak de la energía que quiere sacarle la pasta a los demás. 

Desconectados los unos de los otros, triunfa otro principio que acuñaron los romanos: divide et impera, y como gaviotas en un vertedero nos lanzamos los unos contra los otros, por ejemplo, para ocupar un lugar en el metro, para conseguir el último teléfono móvil, entrar en un restaurante o ser servidos antes de los que han llegado antes que nosotros. Nadie ve a nadie, podría decirse, y no es una cuestión de mala fe, sino que es así. Las personas que chocan contra otra porque están pendientes de sus móviles, quienes increpan a los que están dentro de los vagones del metro para que salgan rápido o simplemente no les dejan salir antes de entrar, quienes mantiene conversaciones agresivas en mitad de la calle y, por tanto, no guardan un poco de intimidad y de pudor, y tantos otros, actúan de ese modo porque no ven a los demás, y ese sí es un síntoma de decadencia claro, más que estar ante el televisor viendo como personas teóricamente famosas e importantes se despellejan entre ellas o como el ricachón de turno es alabado por tantos beneficios como esclavos posee. 

No vemos los claros del bosque porque no existe la quietud en la jaula donde vivimos, y quien tienda a ella será visto como un enemigo del sistema. Las personas tranquilas, amables, meditativas y con vida interior serán medicadas una tras otra, pero no porque les pase nada en concreto, sino porque no están lo suficientemente locas como para vivir con el resto de estresados que caminan como pollos sin cabeza por la ciudad. Resulta paradójico pero al final se venderán pastillas para las personas que quieren otra vida, tiene otra perspectiva de la existencia o simplemente no están de acuerdo con el sistema cainita y egoísta en el que vivimos o ¿acaso no está sucediendo ya? Quizá por ello, debemos atravesar la niebla, darle la forma que nosotros queramos, no la que se nos dicte, y, si tenemos las posibilidades para llevarlo a cabo, exiliarnos en un lugar donde aún se diga hola cuando alguien entra en una tienda o se cruza con un desconocido por la calle.  

BRIZNA EN LA MEMORIA

Mi padre se muere desde una brizna de mi infancia. 

Ni siquiera en eso me creo especial, hay muchos padres que se mueren en el mundo. 

Es sábado lejano en la memoria. 

Hay sol, mas no luminosidad,

En la cama donde reposa quien dentro de unos años no será más que un recuerdo de la ceniza.  

Nos preparamos durante décadas para un oración fúnebre

Mientras caminamos por la rutina de quienes cuidan sin pedir nada a cambio. 

Mi madre frota la espalda de mi padre con una esponja, 

El sonido de la piel temblorosa es banda sonora de la deriva, 

Que, a cada respiración, no aísla de la vida cruda. 

Fuera de las paredes blancas y del sol impotente, 

Algunos deben jugar o reír con la simpleza 

De quienes nada saben más que de espejismos. 

La muerte es una compañera asimétrica. 

Espera en la misma mecedora que, hace unos años, abandonó mi abuelo. 

Paciente mensajera de la nada, tiene la certeza de la victoria, 

Y descuenta hojas del calendario 

Como si no supiera cuál será el día que ella ha marcado

Para que mi padre muera 

Y solo sea una brizna en mi infancia. 

Mientras escribo en la lejanía de dos décadas, 

Siento la existencia sin surcos ni líneas 

Que indiquen camino alguno, 

Quizá los poetas se han equivocado 

Y el camino que escribieron no fuera 

Más que el trazo de su pluma sobre la hoja. 

Sin embargo, me siento tan alejado de la poesía 

Como de aquellas briznas de mi infancia. 

Perseguí demasiados versos huecos. 

La belleza no existe en equilibristas de cuatro o seis pulgadas. 

Mi padre murió, y ahora es un brizna en mi memoria, 

Quizá ni eso sea especial o merecedor de ser escrito, 

Como digo, hay tantos padres que se mueren en el mundo. 

Y a mí ni esa mediocridad me duele… 

ESCRIBIR LA EXISTENCIA

¿Qué puedo escribir sobre la existencia? Perpetua pregunta que se hace el escritor porque vive en un texto inabarcable, sin dirección marcada y donde, supone, pude caber todo. Obvio que, como dice Italo Calvino en Seis propuestas para el próximo milenio (Siruela,2018), al empezar un texto debe delimitarse el mundo a escribir porque sino escribiríamos un libro eterno. Sin embargo, los escritores no están solo delante de una hoja en blanco, sino de la existencia y eso, en ocasiones, resulta un abismo. Planteada la pregunta, quien escribe se siente como una suerte de impostor, no confundir con mentiroso, o, como lo llamaba Fernando Pessoa, fingidor, aunque el escritor portugués se refiriera a los poetas, también puede atribuirse a cualquier tipo de escritor. Finge escenarios, personajes, sentimientos o emociones, traza líneas y líneas que sirven, como a los arquitectos los planos, para alzar textos y convertirlos en tangibles más allá de las esquinas de una página o un libro. Solitario en su oficio, el escritor lucha contra sus propias creaciones sabedor de que la idea jamás será plasmada como la pensó, ya que, en contacto con el aire, esta tiende a caminar por otros derroteros. Esa lucha, aunque algunas veces pueda llegar a hastiar, es lo mejor que puede ocurrir. Eso querrá decir que el texto está vivo y, por tanto, existirá de algún modo. Sin darse cuenta, escribirá sobre la existencia, la misma de la que sabe poco o nada. Pequeños aspectos de la vida brotarán y, como una suerte de árbol que extiende sus ramas y hojas hacia el cielo, el texto se expandirá por la página.

La existencia, poco a poco, se contendrá dentro de los márgenes de la escritura y parecerá que la vida puede ser moldeada. Pero no es más que una ilusión, eso lo sabe el escritor. Solo será una brizna, un suspiro, de la existencia lo que estará ante sus ojos y de ahí la importancia de crear una obra. Texto a texto, el escritor ampliará el mundo, su mundo, y lo que parecía una obra diseminada en diferentes ideas, se mostrará, al final, como un entramado de mismos temas y mismas preocupaciones. Porque algo debe quedar claro desde el principio, sea la obra narrativa, poética, ensayística, de ficción o no ficción, se debe escribir sobre lo que uno sabe, aunque, en ocasiones, nos parezcan trivialidades o letras superfluas. Quizá escribimos sobre un suceso acaecido en nuestra infancia, por ejemplo, algo que nos marcó, y creemos que no hay nada de original o de importante en ello. Pero de lo que se debe dar cuenta cuando se escribe, es del poder de profundización que hay en un tema recurrente. Al principio, será una pequeña mancha, algo mínimo, pero, con el tiempo, esa mancha se extenderá y se tomará conciencia de cómo se conecta con otros aspectos de la existencia. Aquello que empezó con una anécdota familiar, está inscrito en la vida y esta siempre es más ancha de lo que parece a simple vista. En ocasiones, las barreras invisibles de nuestra cotidianidad nos aprisionan en pequeños espacios y no podemos ver lo ancho y profundo que es el lugar donde vivimos. Un pequeño matiz, una sonrisa, una palabra, un gesto, se pueden volver una gran ola que anegue una obra literaria.

Existen infinidad de escritores que nos dan la sensación de que siempre están escribiendo el mismo texto, pero si los ponemos en perspectiva, si seguimos sus progresos, nos daremos cuenta de cómo cada vez la idea es más poderosa, cómo se perfecciona la técnica para explicarla y cómo aparecen ideas o contenidos diferentes de los que, a primera vista, vemos. Para escribir, por tanto, se debe ser lector, pero no un lector cualquiera, sino uno que sea capaz de ver cuál es la arquitectura del texto, que tenga la capacidad de aprender en cada una de las líneas que escribe y, por supuesto, que esté dispuesto a combatir contra la existencia. No nos sirve con pasar páginas, leer la vida de los autores o quedarnos con las anécdotas, debemos ser capaces de saber por qué esa palabra ahí, por qué ese silencio allá. De ese modo, cuando nos pongamos manos a la obra, seremos capaces de escribir la existencia, sabiendo que nunca la podremos escribir del todo, ya que, como dice Miguel de Unamuno, la vida es niebla es nada. Es decir, la vida per se es aburrida y no tiene argumento, y los escritores, también los seres humanos en lo cotidiano, son quienes la dotan de argumento, de intención. Nuestras vidas son, esencialmente, narrativas, incluso las que pensamos más miserables o monótonas, y es el relato de nuestro existir quien moldea y da respuesta a la pregunta inicial.

De ese modo, nace el compromiso del escritor con su oficio, como escribió Jean-Paul Sartre El compromiso del escritor o Virginia Woolf en Una habitación propia, y, en consecuencia, con la existencia, con la vida y con quienes, de eso no se tiene certeza absoluta, se acercarán a los textos. Escribir no es solo un pasatiempo o un hobby, esa perspectiva se la podemos dejar para quienes no se comprometen o para las editoriales que quieren aprovecharse de las ilusiones de quienes escriben, sino un oficio que, en ocasiones, nos puede parecer fastidioso y complicado, sobre todo, por lo que se ha apuntado antes: pocas personas se lo toman en serio o están demasiado pendientes de la fama. Cada uno de los escritores de la historia de la humanidad, ya fueran más o menos reconocidos, han puesto su pequeño ladrillo en el edificio de una disciplina artística que lucha con la existencia. Algunas veces, querremos derrumbar el edificio, hartos de no obtener resultados, pero eso no es cosa de la literatura sino de nuestras expectativas de famas o reconocimientos que nada tienen que ver con la escritura. Quien escribe lo hace honradamente, no piensa si se le leerá, claro que el objetivo es algún día ganar algo de dinero o que a uno le inviten a compartir su obra, pero no es el principal. Como decía Charles Bukowski se escribe porque te sale de dentro. Después viene la constancia, la disciplina, la honradez o cómo queramos llamarlo, pero antes debemos ser conscientes de que nuestra batalla por escribir la existencia será una batalla perdida de antemano, porque ella nos sobrevivirá.

Superado el egocentrismo, la megalomanía, la vanidad, incluso, esa manía de los artistas, más bien es un cliché social que aceptan, de parecer seres marginales, viene el escritor, si se me permite la expresión y sin menospreciar a nadie en sus objetivos, puro, a quien no le importa más que escribir y acumular legajos sobre la mesa sabiendo que ahí se esconde una parte de la existencia humana. Que se descubra su obra o no, será cuestión de las ganas que alguien tenga de perder tiempo de su vida leyendo. Mientras tanto, los escritores seguirán luchando por escribir la existencia aunque, como se ha dicho, esa batalla esté perdida de antemano.

DICEN…

Dicen que debemos ganarnos el pan con el sudor de nuestra frente aunque esté repleto de ladrones desleales. 

Dicen que el mundo ha cambiado pero, de nuevo, solo lo ha hecho el envoltorio porque seguimos con los mismos sobre nuestra chepa. 

Dicen que ahora los niños estudiarán subcuatáneamente los contenidos de la escuela y que solo los pobres lo harán así. 

Dicen que es inútil mirar al cielo o leer un libro porque estamos en un mundo práctico y nos hemos medicado demasiado para ahora andar leyendo el cielo o mirando un libro. 

Dicen que la poesía da lo mismo porque se ha vuelto un negocio, pero no conozco a nadie que coma de la poesía más bien conozco a muchos que la poesía les da hambre. 

Dicen y dicen y dicen, pero ya no entiendo sus palabras. 

Puede que esté sordo y ni siquiera me haya dado cuenta.

¿Y EL ALMA, DÓNDE QUEDA?

Existen demasiadas cosas, y se tiende a creer que se pueden poseer. “Me gusta” o “no me gusta” se han convertido en juicios máximos, aunque sea todo lo contrario. Y he aprendido en estos años paseando o sentándome en algún lugar a observar el comportamiento de quienes pasan por la calle como por la vida que ¡ay de aquel que se atreva a decir que alguien se está equivocando con su forma de enfrentar la existencia! De un modo u otro, hemos descuidado nuestra alma, que no es propiedad de religión alguna o cosa de entidades metafísicas, sino parte importante de nuestro ser. Se cae con frecuencia en el descreimiento —en eso tiene buena parte de responsabilidad la Iglesia y, aunque nos cueste entenderlo, quienes se han opuesto a ella— y parece que creer en uno mismo es sinónimo de engreimiento. 

En ocasiones, este caminante sin sombra ha caído en dichos vicios, pero con el paso de las calles, de los bancos, de las terrazas, en definitiva, del tiempo se llega a comprender que sí, que la mayoría de las personas pueden estar equivocadas. Se ha creído demasiado en el progreso, en mejorar constantemente, en alcanzar metas sin cuestionar si estas eran correctas o una mera trampa del entramado que hemos construido. Y el alma, mientras eso iba sucediendo, se empequeñecía dentro de cada uno de nosotros. Seguramente, alguien se dio cuenta de eso, pero en lugar de pensar que quizá deberíamos descender el ritmo, inventó libros plagados de buenas palabras que eran trampas para ser esclavos sonrientes. Pocos han movido un dedo para invertir la situación, y los muchos se han lucrado o intentan lucrarse con el estrés, la ansiedad o la frustración ajena. 

Para las grandes empresas no somos más que datos dentro de fórmulas estadísticas que calibran nuestros gustos a partir de los movimientos que hacemos cotidianamente, y, aunque parezca mentira, lo aceptamos con una sonrisa. Hemos construido una jaula, se debe reconocer que en ocasiones es bella, que nos aprisiona en lo que otros, que ni siquiera conocemos, deciden por nosotros. ¿Acaso alguien se ha parado a pensar por qué hace lo que hace cada día? La respuesta es no y el motivo: no tenemos tiempo. Cosa sospechosa esta de no tener tiempo para poder pensar cuál es el rumbo que toma nuestra existencia. Sin embargo, como se decía al principio del artículo, debemos guardarnos mucho de decir a los demás que se equivocan, ya que sino seremos víctimas de su mezquindad, de su ira o de su soberbia. Con toda seguridad, no estén enfadados con quienes critican su modelo de vida, sino con ellos mismos por no haberse dado cuenta antes, y el miedo o la certeza de haber errado en su existencia les sacude de tal modo que es comprensible el ataque. Nadie quiere cambiar, aunque en esos libros de los que se ha hablado antes se nos diga lo contrario. 

Mientras eso sucede, el alma sigue su contracción y tiene visos de desaparecer como la situación se alargue. Pero estamos más preocupados en poder consumir, como ejemplo sirva la cantidad de personas que se lanzan contra las tiendas cuando estas se abren después de semanas cerradas como los adictos a cualquier sustancia, o preocupados en divertirnos porque el imperio de lo lúdico da muchos réditos económicos, y se transforman las ciudades en parques temáticos donde los importantes son quienes vienen de países ricos a pasárselo bien, más que quienes viven en ellas durante todo el año. Pero, en cambio, nos quejamos de quienes vienen a ellas para trabajar y los relegamos en una esquina de una plaza, mientras otros derrochan un bienestar inexistente. Contradicciones de un sistema servil y cortesano. Y el alma sigue en el bolsillo del pantalón esperando que alguien la declare bien de consumo para que tenga cierta importancia.

Las cosas nos han convertido en cosas, y lo aceptamos como modo de vida supremo, como evolución positiva del ser humano, y no como retroceso en la humanidad. Cada día somos más parecidos a autómatas o robots, por ejemplo, cuando nos vestimos con nuestros mejores cachivaches para ir a correr o tomar algo con nuestros amigos. Pero eso está bien, se dice, abandonar cualquier resquicio de humanidad es positivo, aunque no se diga para quién es beneficioso que no seamos capaces de sentimientos básicos como la amabilidad o la piedad. Deshumanizados, caminamos por la existencia y las cosas nos invaden el cuerpo, la mente, el alma, y, de ese modo, hay personas muy felices porque hacemos lo que se nos ha dicho, y se enriquecen con nuestra inconsciencia. 

Mientras tanto, sigue gustándonos o no gustándonos algo que debería importarnos un bledo, continuamos corriendo por la vida sin saber a dónde nos dirigimos, y el alma se convierte en un territorio yermo donde, dentro de poco, nada volverá a germinar. Pero guardémonos de decir que miles de personas están equivocadas. Otra cosa sería si parásemos y le preguntásemos a nuestra alma, quizá ella no estaría tan de acuerdo con nosotros, o ¿acaso nadie sabe qué es esa sanción de extrañamiento que nos sacude cuando nos levantamos por las mañanas para seguir un día más en la jaula que han inventado para nosotros? Es nuestra alma agonizante ante su inminente desaparición.

EL ORGULLO Y EL DRAMA COMO FORMA DE HUMILLACIÓN

Otorgar demasiada importancia al individuo, que no a la persona que según Simone Weil es cosa diferente y tiene más que ver con lo divino que hay en cada uno de nosotros, hace que creamos que somos importantes en medida excesiva y no veamos lo trivial o superficial como lo que es, sino que nos agarremos a cualquier menudencia para sentirnos como si en una tragedia griega actuáramos. La hipérbole existencial en la que vivimos, impide que veamos más allá de las narices y, como los burros, obviemos los laterales del camino. La frase de Ortega y Gasset: Yo soy yo y mi circunstancia; si no la salvo a ella, no me salvo yo, se vuelve inocua en los seres humanos que solo ven yo, yo y nada más que yo, y que, por tanto, dramatizan la vida hasta cotas insospechadas. A esta exageración está vinculada el orgullo que, como en la novela de Jane Austen, impide que entre luz en nuestra conciencia y no seamos, en ocasiones, más que una nube negra que emponzoña lo que deja a su paso como se decía de aquel rey de los Unos. El orgullo es veneno para quien lo alberga en su seno, y provoca que juzguemos equivocadamente a quienes nos rodean. Dicho orgullo nace de la mucha importancia que nos damos a nosotros como individuos, ya que el orgulloso se suele tener en gran estima, siendo una de sus mejores compañeras la soberbia.

De ese modo, dramatizados y orgullosos vociferamos nuestras penas, en la mayoría de los casos, superficiales y triviales, en las plazas públicas, en las redes sociales o, como sucede últimamente, en poemas o textos, incluso algunos, publicados en editoriales importantes. De ese modo, se hace negocio del drama y del orgullo, de la fanfarronería y de la humillación para nuestra persona que supone poseer tales cualidades en el alma. Por otro lado, dichos orgullosos y dramáticos suelen ejercer actitud mezquina como la de ser fuertes con los débiles y débiles con los fuertes, dado que si se atreven a vociferar dichas afrentas, ya sean del destino, de la sociedad o de persona física, no se atreven a pronunciarlas delante de quienes creen que han ocasionado sus males, sino sobre quienes nada tienen que ver con ello. Nadie que esté frustrado agarrará su frustración por las solapas y la zarandeará hasta que esta desaparezca, sino que se dedicará a la envidia o al descrédito de los demás que tengan aquello de lo que el frustrado carezca. De ese modo, el orgullo y el drama son una forma de cobardía y, en consecuencia, de humillación hacia uno mismo. Sin embargo, como sucede con los pecados capitales, existen las virtudes cardinales, y contra el orgullo existe la dignidad y contra el drama la madurez. Actitudes, estas últimas, denostadas por las dinámicas en las que vivimos.

Dignidad y madurez son maneras de amarse y, por otro lado, de amar a los demás. No se dice esto en modo de eslogan vacío como podría ser el un perfume o un refresco o como actitud hipócrita como la que tiene algunos que se las dan de amadores de la humanidad y no son más que misántropos disfrazados de, en apariencia, buenas palabras, sino como reflexión profunda para edificar un alma saludable y, en consecuencia, tener una vida lo más amable y tranquila posible. Quien siempre está dramatizando, enfadado o exhibe desmedido orgullo, está destinado a una existencia paupérrima. Dichas actitudes o personas con esas maneras deben ser ignoradas, nada ganaremos si nos ponemos a su nivel y les recriminamos su forma de encarar la existencia, sobre todo porque creen que tienen razón. En cambio, pueden servirnos para ganar en dignidad y madurar, ponernos en la situación de esa persona y pensar el ridículo que sentiríamos si nos viéramos en una de esas. Seguro que en alguna ocasión nos ha pasado, y si sigue pasándonos es un buen momento para cesar en ello y aprender cuáles son los aspectos importantes de la existencia.

La hiperinfantilización en la que vivimos, ¿nadie se ha dado cuenta de que no dejamos a los niños que sean niños porque los adultos ocupamos sus lugares?, otorga demasiada importancia a nimiedades, a contenidos exentos de profundidad y que en demasiadas ocasiones rozan la crueldad. Nada tiene de divertido vídeos humillando, criticando, a personas que no conocemos; nada tiene de maduro vejar, mofarse o desacreditar a quienes no piensan como nosotros. Estamos enfermando a pasos agigantados por falta de empatía o de piedad con respecto a los demás, y dos de los síntomas más evidentes son el drama y el orgullo. Sin embargo, esto pocas veces lo vemos, ya que preferimos cubrirlo todo con el velo de la positividad, como diría Byung-Chul Han en sus ensayos; una positividad que ha tornado pornográfica la sociedad, y crea verdaderos monstruos avalados por el “todo el mundo hace lo mismo” como si pensáramos que muchas personas no pueden estar equivocadas. Enfermos porque hemos perdido la dignidad para seguir bajo el cobijo de la burbuja social y, con la boca pequeña, seguir llamándonos seres humanos, cuando, cada vez más, nos estamos convirtiendo en alimañas sin sentimientos, ególatras y acosadores o camorristas emocionales.

Como se ha dicho, si diéramos más importancia a la dignidad y a la madurez, a no querer aferrarnos a la adolescencia, aunque tengamos treinta, cuarenta o cincuenta años, porque nos hemos creído el paradigma de la sociedad de consumo, y parásemos, aunque fuera un par de minutos, a meditar cuáles son nuestras actitudes ante lo que nos sucede, quizá en ese momento llegaríamos a la ilusa idea que Immanuel Kant tenía de la ilustración como mayoría de edad del ser humano. Sin embargo, cada día queda más claro que los seres humanos no quieren ser mayores de edad, sino niños mal criados, orgullosos y llorones que nada aprenden y mucho envenenan. Esperemos que algún día, se apaguen las luces y se baje el telón del orgullo y el drama, ya que si eso no sucede, nos convertiremos en seres, que no están sino parecen vivos.